REFLEXIÓN MATUTINA.
Tetraheroica Veracruz, el 25 de agosto del 2009.
Don Luis Antonio Silvestre Bolland Carrere, descendiente de Don Valentín Gómez Farias fue un hombre del Renacimiento que vivió en el Siglo XX.
BOLLAND.
POR: Edwin Corona y Cepeda.
Dedicado a Valentín Fernández Bolland
Por sugerencia del Ing. Roberto Cornejo
Fotógrafo galardonado internacionalmente, arqueólogo, ingeniero civil, etnólogo, ambientalista, masón del grado 33, escritor y periodista, amante, rebelde, irresponsable, encantador, elegante, galán y galante, caballero y caballeroso, viajero incansable, gran conversador, pleno de facundia y oratoria, intenso, sabio, digno. Un hombre del Renacimiento que vivió en el Siglo XX.
Amigo de mi padre, con quien, conjuntamente con José Luis Portillo Hagelstein y José Manuel Castro, solían reunirse en la Cervecería “El Casino” de la calle de Ámsterdam allá por los años 40, para comentar el avance de las tropas alemanas y el desarrollo de la II Guerra Mundial, le conocí desde pequeño y fue una verdadera guía en el sendero de mi vida.
Con su muerte, cierro un intenso capitulo de amistad fraterna y entrañable, pero más que nada de una lección de la vida. Fue un hombre de ideas y carácter fuente a quien nada, ni nadie, arredró.
De lo mejor del ambiente artístico, político, social y cultural de México, se reunía en el comedor de su casa a disfrutar del exquisito desayuno que preparaba cada sábado. Era tradicional el desayuno de Bolland en su residencia de la Colonia Condesa. Poetisas como Raquel Santos de Cuevas, Ileana Godoy y Blanca de Flores, educadoras como Eulogia Avellaneda, filósofos como Octavio Paz y Guillermo Chavolla, arqueólogos como Ángel García Cook y Roman Piña Chan, historiadores como Eulalia Guzmán e Isaac Velásquez, empresarios como Carlos Slim y Armando Harp, académicos como Juan Manuel Ochoa y Carlos García Escobar, periodistas como Julio Scherer, Carlos Denegri y Raúl Anguiano, políticos de la talla de Luis Echeverría, Salvador Ordaz, Carlos Lazo y Salvador Gamiz Fernández, músicos como Carlos Esteva y Emilio Lluis Puebla, masones como Manuel Ramírez Reyes y Jorge Acosta del Castillo, escritoras como Ruth Rivera y desde luego Diego, su padre y tantos otros que sería enumerar lo mejor y más selecto de la sociedad mexicana de la segunda mitad del Siglo XX, ocurrían cada sábado a escuchar la plática, agradable, amena, culta, chispeante de Luis Bolland.
Y es que Luis nació así, en cuna de noble prosapia y pañales de seda, pero con el distintivo de su gran cualidad de considerarse igual a cualquiera, desde el más humilde hasta el más encumbrado. Constancia de ello la dan sus fotos con mazahuas, purépechas, lacandones y tzotziles.
Hijo de Concepción Carrere Gómez Farias y del Dr. Luis Bolland y Palomo, su infancia transcurrió entre los altos y frondoso árboles de su finca de Jalapa y las playas del Puerto de Veracruz, ciudades a las que amó entrañablemente y en donde llevó a cabo la instalación de la Academia de Ecología y Medio Ambiente, correspondiente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, institución que fue fundada por su ancestro en 1833. a la que dedicó gran parte de su vida y de la que fue su Secretario General.
Excelente gourmet, nunca faltaba en su mesa la botella de buen vino, ni los platillos auténticos, originales, verdaderos. Nada de cómo dice Valentín su nieto, café descafeínado o cerveza sin alcohol. El café o la cerveza debían ser como Luis: auténticos, honestos, reales. Allí lo mismo se degustaba el clásico gazpacho andaluz que la quesadilla de huitlacoche. Todo con tal de ser autentico, verdadero, original.
Luis Bolland Carrere fue para muchos de sus amigos, un espíritu sobresaliente, un corazón afectivo, una mente y un pensamiento brillante, sagaz y claro. Un – diriase acertadamente – personaje inolvidable pleno de sabiduría y nobleza. Su atezada piel, sus ojos azules de profunda mirada, su blanco cabello esmeradamente recortado y su esbelta figura le daban ese toque de elegancia y distinción que siempre le acompañó. Tenía el aspecto del “bon vivant”
Un hombre fiel a sus amores, destacando en primer término su acendrado amor a México. Pero no el México de hoy, desmembrado y destrozado, sino aquel México bohemio, histórico, pleno de color y vida, de sabores, de paisajes, de cultura y de historia. Del verdadero México y no del que nos pretenden imponer. Y luego el amor a la belleza femenina en la que fue polémico marido, amante padre, festivo abuelo, paternal bisabuelo y de quien comenta uno de sus nietos: Amo a su familia como pudo, pero –agrego yo – con gran intensidad.
La muerte, inevitable y a la que se enfrentó alegremente, en múltiples ocasiones desde su juventud, no solo por enfermedades, sino por oficios de la vida y fenómenos naturales como el del terremoto de 1985, en donde coordinó incansablemente y de forma voluntaria diversas acciones de salvamento y rescate, trabajando como cualquier operario por rescatar a algún amigo sepultado.
Así fue Luis Antonio Silvestre Bolland Carrere y ¿por qué no? Gómez Farias, un hombre de su tiempo, un gran rebelde, un gran amante, un gran intelectual. En una palabra: un gran hombre. Un hombre del Renacimiento que vivió en el Siglo XX.
Con su muerte ha terminado un ciclo de enseñanza, de sabiduría y amistad. Ha pasado a ocupar una destacada columna en el Eterno Oriente, en donde, seguramente, iremos a encontrarle, disfrutando con conocimiento, dignidad y sapiencia, la plaza, que como Maestro, le corresponde.
Por hoy,
Es cuanto . . .
¡QUE TENGAN UN BUEN DÍA!
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