Por Julio Cota, Director de El Machete.

La clase obrera boliviana y pueblos indígenas viven una de las más cruentas batallas por mantener sus derechos y libertades conquistadas en décadas de lucha.  El golpe de Estado implementado desde los sectores oligárquicos, militares y religiosos más reaccionarios de Bolivia —con ayuda del imperialismo estadounidense—, es un ejemplo más de que en América Latina el progresismo llegó a su límite y la reacción se quitó las vestiduras de la “democracia” para avanzar con descaro e imponer su poder político y económico a sangre y fuego. Hasta el momento, los grandes medios de comunicación y opinión se limitan a satanizar o apoyar la imagen Evo Morales, sin embargo lo verdaderamente importante es lo que protagonizan la clase obrera boliviana y los pueblos indígenas en el escenario político frente a la reacción de la oligarquía. Ante este contexto, algunas de las preguntas que debemos preguntarnos y respondernos son: ¿qué lecciones le deja Bolivia a la clase obrera latinoamericana? ¿Por qué vuelven una y otra vez los intentos de Golpe de Estado? ¿Cuál es la ruta a seguir para los obreros y los indígenas de Bolivia?

Antes que nada se debe condenar el Golpe de Estado perpetrado en Bolivia. Cuando las fuerzas armadas de un país “le piden la renuncia a un presidente”, se rompe todo contrato social y orden constitucional de los marcos de las democracias liberales burguesas. Ningún gobierno que se diga “democrático” debe callar o ser omiso ante un hecho de barbarie, cuando la única ley es la de los fusiles militares. Por eso es necesario saludar y apoyar la digna resistencia que mantienen la clase obrera boliviana y pueblos indígenas, los mineros, los cocaleros, el Partido Comunista de Bolivia y su juventud comunista, así como las diversas organizaciones que integran las Juntas Vecinales. Los números y la información es imprecisa por el bloqueo mediático de los grandes monopolios de comunicación al servicio del imperialismo, pero hasta el momento una decena muertos por armas de fuego militar y cientos de heridos son algunos datos preliminares de una lucha que lejos de pacificarse se intensifica.

Desde un análisis marxista leninista con un criterio de clase, los recientes hechos políticos en Bolivia demuestran la justeza de las tesis del Partido Comunista de México (PCM) que se habían expresado con preocupación hace unos años atrás: el ciclo progresista llegó a sus límites como gestor del capitalismo; el anti neoliberalismo de la llamada socialdemocracia favoreció temporalmente a las masas obreras y populares, pero las reformas no propiciaron una acumulación de fuerzas en dirección de destruir el capitalismo sino de gestionarlo, lo que en determinado tiempo generó una ofensiva de las fuerzas más reaccionarias, religiosas y militares de la burguesía para mantener su dictadura de clase. Es decir, los gobiernos llamados progresistas y de corte socialdemócrata lejos de profundizar las reformas a favor de la clase obrera, sectores indígenas y populares; implementaron medidas políticas que parecían “radicales” como: nacionalizaciones; ruptura con el imperialismo norteamericano pero alianzas con el polo imperialista Europeo, Ruso y Chino; sin tocar la base económica donde se sustenta el poder de la burguesía: la propiedad de los medios de producción y cambio, el carácter del estado y la composición de las fuerzas armadas.

Es cierto que la explotación del litio tiene un papel estratégico en el conflicto boliviano, pero el problema va más allá. Hasta el momento la verdadera disputa en Bolivia es por cómo se desarrolla el capitalismo. Por un lado, los sectores burgueses más reaccionarios, organizados en los Comités Cívicos Pro Santa Cruz, quieren regresar al gobierno para imponer métodos arcaicos de explotación de las minas, la privatización del agua, el gas y las otras fuentes de recursos no renovables a costa del desastre ecológico, la desvalorización de la fuerza de trabajo y anulación de cualquier derecho laboral y político para la clase obrera y los sectores populares. Sin embargo, Evo Morales y la socialdemocracia, el polo progresista liberal de la burguesía, y la aristocracia obrera, perdieron el gobierno porque sus intereses entraron en  contradicción con la base obrera, indígena y popular que los mantuvo casi 14 años en el poder. Ejemplo de esto fue intento de suprimir los subsidios a la gasolina y los hidrocarburos, así como la aplicación de medidas de austeridad, recorte a derechos laborales que desataron protestas contra el propio Evo Morales y quien calificó en su momento a dichas protestas como “defensores del neoliberalismo”.

La clase obrera latinoamericana y los pueblos indígenas deben extraer el aprendizaje de que no se puede estar en contra sólo del imperialismo estadounidense y a favor de otro polo imperialista, sea con capitales europeos, chinos, japoneses o rusos, incluso de la misma burguesía nacional boliviana; cualquiera de estas opciones es en perjuicio de los intereses de los trabajadores y el territorio de los pueblos indígenas bolivianos. La lucha de clases exige claridad para evitar que nuestra clase explotada sea carne de cañón para llevar a un  nuevo presidente al gobierno y continúe el mismo sistema capitalista de explotación. Es un falso dilema decidir entre gobierno de derecha “neoliberal” o de izquierda “gobierno progresista”, cada una de estas gestiones del capitalismo llevan inevitablemente a fortalecer los sectores más reaccionarios empresariales, militares y religiosos porque no se les combate desde su origen: su poder económico y sus vínculos imperialistas.

Queda demostrado una y otra vez que el Estado nunca ha sido neutral y que en cambio, como lo afirmó Lenin: “el Estado es una máquina de dominación de una clase sobre otra”. Por más beneficios económicos para mantener una supuesta lealtad o doctrina que se trate de inculcar a las fuerzas armadas con tintes nacionalistas, bolivarianos, indigenistas o populistas, el carácter del ejército es el de un instrumento de represión y de dominación. El juego de la “democracia” liberal y todos sus organismos internacionales como la Organización de los Estados Americanos (OEA) es imponer, sancionar y promover una y otra vez: golpes de Estado, intervenciones militares y violación de toda soberanía. No comprender estas experiencias condena a nuestra clase a revivir los oscuros años de las dictaduras militares. De ahí que la clase obrera, los pueblos indígenas y sectores populares tengan el legítimo derecho a defenderse con los mismos instrumentos que utiliza el Estado para reprimirlos.

La clase obrera boliviana y pueblos indígenas son los únicos que pueden transformar un golpe de Estado en una insurrección popular. Y la ruta a seguir no puede ser más elegir una u otra forma de administrar el capitalismo. La democracia liberal burguesa está agotada y cada día revela más su verdadero rostro: dictadura del capital sobre los trabajadores. Los mineros, los obreros industriales del gas, los cocaleros, los campesinos pobres y las comunidades indígenas son quienes crean la riqueza y por ende son quienes deben disputar el poder. Los comunistas lo decimos de nueva cuenta: lo que fracasó en Bolivia y en América Latina es el capitalismo; sus gestiones tanto neoliberales como progresistas socialdemócratas. Es tarea de las organizaciones sindicales, obreras, indígenas y populares fortalecer sus órganos de poder, como asambleas, consejos, centrales y demás instrumentos para la toma de decisiones. Necesario el análisis y la discusión de nuevas leyes a favor de las mayorías trabajadoras que sean ejercidas desde los órganos de poder obrero y no desde una letra muerta de una constitución maniatada. Es necesario pasar de la movilización y las barricadas defensivas a elevar las formas de lucha política, a huelga general ofensiva para sacar a la cúpula militar golpista. Lo decimos claro: la lucha revolucionaria es más vigente que nunca; el socialismo no es un discurso, es una necesidad impostergable ante la barbarie capitalista.