De advertencia diplomática a política permanente de dominación hemisférica
La Doctrina Monroe es uno de los pilares históricos de la política exterior de Estados Unidos y una de las claves centrales para comprender la relación entre América Latina y el poder estadounidense. Proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, condensó una visión geopolítica que, con distintas formas y discursos, ha marcado el destino político del continente durante más de dos siglos.
Aunque presentada originalmente como una advertencia contra el colonialismo europeo, la doctrina evolucionó rápidamente hacia una herramienta de expansión, control e intervención, convirtiéndose en el marco ideológico que justificó guerras, ocupaciones, golpes de Estado, dictaduras, presiones económicas y, en tiempos recientes, operaciones judiciales y financieras.
I. El contexto histórico de la Doctrina Monroe (1823)
A comienzos del siglo XIX, la mayor parte de América Latina había iniciado o consolidado sus procesos de independencia frente a España y Portugal. Europa atravesaba un proceso de restauración monárquica tras la derrota de Napoleón, y existía el temor de que las potencias europeas intentaran recuperar sus antiguas colonias.
Estados Unidos, una nación joven pero en rápida expansión territorial, comercial y militar, observaba este escenario con una doble preocupación: impedir el regreso de Europa al continente y, al mismo tiempo, consolidar su propia influencia regional.
En ese contexto, James Monroe presentó ante el Congreso un mensaje que luego sería conocido como la Doctrina Monroe.
II. El principio central: “América para los americanos”
Aunque la frase no aparece literalmente en el discurso original, sintetiza su espíritu. La doctrina se basó en tres principios:
- No colonización: las potencias europeas no debían establecer nuevas colonias en el continente americano.
- No intervención: cualquier intervención europea sería considerada una amenaza a la seguridad de Estados Unidos.
- Neutralidad estadounidense: Estados Unidos no intervendría en los conflictos internos de Europa.
En su formulación inicial, la doctrina se presentó como una defensa del continente frente al colonialismo europeo. Sin embargo, nunca incluyó un compromiso real con la soberanía de los países latinoamericanos, sino con la primacía estadounidense.
III. México: el primer gran ensayo de la Doctrina Monroe (1846–1848)
El primer uso concreto y decisivo de esta lógica ocurrió en México.
En 1845, Estados Unidos anexó Texas, territorio que México consideraba parte de su soberanía. Esta acción derivó en la Guerra México–Estadounidense (1846–1848). Tras la derrota mexicana, el Tratado de Guadalupe Hidalgo obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio histórico:
- California
- Nevada
- Utah
- Arizona
- Nuevo México
- Partes de Colorado y Wyoming
Este episodio consolidó la Doctrina Monroe como instrumento de expansión territorial y marcó el inicio de una relación profundamente asimétrica entre ambos países.
IV. De doctrina defensiva a política imperial (finales del siglo XIX)
Guerra contra España (1898)
Estados Unidos derrotó a España e intervino en:
- Cuba: ocupación militar y Enmienda Platt, que otorgó a Washington derecho de intervención.
- Puerto Rico: convertido en territorio estadounidense.
- Filipinas: ocupación colonial (fuera de América, pero clave para el giro imperial).
Panamá (1903)
Estados Unidos apoyó la separación de Panamá de Colombia para asegurar el control del Canal, consolidando su dominio estratégico del comercio hemisférico.
V. El Corolario Roosevelt y la institucionalización de la intervención (1904)
El presidente Theodore Roosevelt formuló el Corolario Roosevelt, que reinterpretó la Doctrina Monroe para justificar la intervención directa en países latinoamericanos ante cualquier situación que Washington considerara una amenaza al “orden” o a sus intereses económicos.
Desde ese momento, la intervención dejó de ser excepcional y pasó a ser estructural.
VI. Ocupaciones y control directo (1900–1934)
Durante las primeras décadas del siglo XX, Estados Unidos intervino militarmente de manera reiterada:
- Cuba (1906–1909, 1912, 1917–1922)
- Nicaragua (1909–1933)
- Haití (1915–1934)
- República Dominicana (1916–1924)
- México (1914): ocupación de Veracruz
- México (1916–1917): expedición punitiva contra Pancho Villa
Estas acciones consolidaron la presencia militar estadounidense en el Caribe y Centroamérica.
VII. La Política del Buen Vecino (1933–1945)
Durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt, Estados Unidos promovió una política de menor intervención militar directa, buscando mejorar su imagen en la región. Sin embargo, esta etapa no implicó el abandono de la Doctrina Monroe, sino su adaptación diplomática.
VIII. Guerra Fría: la Doctrina Monroe como cruzada anticomunista
Con la Guerra Fría, la doctrina adquirió una nueva justificación: impedir la expansión del comunismo.
Guatemala (1954)
Derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz tras una reforma agraria que afectaba a la United Fruit Company. Operación organizada por la CIA.
Cuba (1959–presente)
Bloqueo económico, invasiones fallidas, sabotajes y aislamiento diplomático tras la Revolución Cubana.
Brasil (1964)
Apoyo al golpe militar que instauró una dictadura de 21 años.
República Dominicana (1965)
Intervención militar para impedir el retorno del presidente Juan Bosch.
Chile (1973)
Desestabilización económica y política y apoyo al golpe contra Salvador Allende.
Argentina (1976)
Apoyo político y diplomático a la dictadura militar. Más de 30.000 desaparecidos.
IX. Operación Cóndor: terrorismo de Estado regional (años 70–80)
Las dictaduras de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil coordinaron la represión política con apoyo logístico y de inteligencia de Estados Unidos.
Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y asesinadas bajo el pretexto de la lucha anticomunista.
X. América Central en guerra (años 80)
Nicaragua
Financiamiento de los Contras contra el gobierno sandinista. Aproximadamente 50.000 muertos.
El Salvador
Apoyo militar durante la guerra civil (1980–1992). Más de 70.000 muertos.
XI. Intervenciones militares finales del siglo XX
Granada (1983)
Invasión bajo la operación “Urgent Fury”.
Panamá (1989)
Invasión para capturar a Manuel Noriega. Operación “Causa Justa”. Cientos o miles de muertos según distintas fuentes.
En Panamá funcionó la Escuela de las Américas, donde se formaron numerosos militares latinoamericanos.
XII. Siglo XXI: nuevas formas de intervención
Con el fin de la Guerra Fría, la Doctrina Monroe se adaptó:
- Venezuela: sanciones económicas, intentos de aislamiento y desestabilización.
- Honduras (2009): golpe contra Manuel Zelaya.
- Paraguay (2012): destitución exprés de Fernando Lugo.
- Brasil (2018): encarcelamiento y proscripción de Lula da Silva.
- Ecuador: persecución judicial contra Rafael Correa.
- Bolivia (2019): golpe contra Evo Morales tras intervención de la OEA.
XIII. Una doctrina que nunca fue pasado
Lo ocurrido HOY contra Venezuela no puede analizarse como un hecho aislado ni como una coyuntura excepcional. Se inscribe en una larga tradición de presiones, amenazas y acciones encubiertas que, desde la Doctrina Monroe, han definido la relación de Estados Unidos con América Latina. Cambian los métodos y los discursos, pero persiste la lógica: cuando un país intenta ejercer soberanía plena sobre sus recursos, su política exterior o su modelo económico, se convierte en objeto de hostigamiento.
En el caso venezolano, las sanciones económicas, el cerco diplomático, los intentos de deslegitimación institucional y las advertencias abiertas de uso de la fuerza forman parte de una estrategia conocida, aplicada antes en otros países del continente. Más allá de simpatías o críticas hacia un gobierno en particular, el punto central es el respeto al principio básico del derecho internacional: la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.
La historia demuestra que la injerencia externa no ha traído estabilidad ni democracia a la región, sino fragmentación, violencia y dependencia. Venezuela, como antes Guatemala, Chile, Nicaragua o Bolivia, vuelve a poner sobre la mesa un debate que América Latina no ha resuelto del todo: si seguirá siendo un territorio de disputa entre potencias o una región capaz de decidir su propio destino sin tutelajes.



