CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
8 de enero de 2026
Día 8 de 365, la aventura continúa.
Serie: ESTAMPAS DE MI PUEBLO QUE NO SE VOLVERÁN A VER.
“LOS CABALLITOS DE ACERO”
El Ferrocarril del Ingenio El Potrero.
El amanecer del 8 de enero de 1908 no fue un amanecer cualquiera, la mañana llegó con un rumor distinto, con un temblor leve en la tierra que no provenía del viento ni del paso del ganado. Era el anuncio de una nueva época.
El ingenio El Potrero ponía en marcha la primera zafra un coloso industrial levantado a orillas del río, orgulloso, moderno, adelantado a su tiempo. No solo era un ingenio más: era la primera refinería de azúcar en México, símbolo de progreso y promesa de trabajo para cientos de familias.
Aquel día, en el Campo número 8, en San Antonio —hoy California—, la escena parecía ordinaria, pero estaba destinada a volverse histórica. Desde la víspera, las góndolas cañeras habían quedado cargadas, repletas de varas verdes y dulces que aún exhalaban el aroma fresco del corte reciente. La caña descansaba, alineada, esperando su turno para iniciar el viaje hacia el destino.
Y entonces apareció ella, la locomotora de vapor, pequeña pero poderosa, negra por el hollín y brillante por el uso, comenzó a despertar, —¡Os… os… os…!—
respiraba, como si tomara fuerza desde las entrañas mismas de la tierra., el vapor escapaba por las válvulas, blanco y espeso, mezclándose con la neblina tempranera. El silbato rasgó el aire y los pájaros levantaron el vuelo, a su alrededor, la vida seguía su curso.
En los surcos, los cortadores de caña ya estaban en faena. El machete caía rítmico: ¡chac!, ¡chac!; el tallo se vencía, la hoja se abría, y el sudor comenzaba a correr por las espaldas morenas, hombres curtidos por el sol, que sabían que cada vara cortada era pan para la casa.
Por los caminos de tierra, las carretas tiradas por bueyes avanzaban lentamente rumbo al ingenio, crujían las ruedas de madera bajo el peso de la carga, otras, ya vacías, regresaban al campo dejando tras de sí una estela de polvo y cansancio, listas para volver a llenarse una vez más.
Los capataces, montados a caballo, vigilaban el movimiento con mirada atenta. No había gritos innecesarios: bastaba un gesto, una seña, el golpe suave de las riendas, todo debía fluir, como el engranaje de una gran máquina que apenas comenzaba a moverse.
A las 8 de la mañana se escucha el silbato de salida y aquella locomotora no viajaba sola. Arrastraba consigo la historia heredada de la Hacienda “Ojo de Agua”, donde años atrás los franceses habían instalado el ingenioso ferrocarril portátil de Paul Decauville, una vía ligera que serpenteaba entre cañaverales, puentes de fierro y haciendas. Por ella habían viajado café, plátano, naranja y panela rumbo a mercados lejanos, ahora, ampliada y adaptada, esa red servía al nuevo gigante azucarero.
El primer tren partió, las ruedas de acero comenzaron a girar lentamente, chirriando sobre los rieles. Las góndolas, cargadas hasta el tope, avanzaron obedientes detrás de la máquina.
El Campo 8 quedó atrás, testigo silencioso del inicio de una travesía que se repetiría día tras día, zafra tras zafra, durante décadas.
Nadie aplaudió. Nadie imaginó que estaba presenciando historia. Para ellos era trabajo, rutina, necesidad. Pero en ese instante exacto, cuando el vapor se elevó y el tren tomó camino al ingenio, Potrero cambió para siempre.
Eran los caballitos de acero echándose a andar, llevando no solo caña, sino sueños, esfuerzo y el pulso mismo de un pueblo que aprendía a caminar al ritmo del ferrocarril.
Recopilador; Nazario Guadalupe Cebada Morales.



