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11 de enero de 2026
Serie: UN DÍA COMO HOY.
11 de enero de 1862
CORRESPONDENCIA ENTRE EL GRAL. IGNACIO ZARAGOZA Y EL PRESIDENTE BENITO JUÁREZ.
La nación mexicana apenas comienza a respirar tras la Guerra de los Tres Años, también llamada Guerra de Reforma, el triunfo liberal no trajo bonanza inmediata: las arcas están vacías, el país exhausto y las heridas aún abiertas, en ese contexto adverso, el presidente Benito Juárez decreta la Suspensión de Pagos de la Deuda Externa, decisión que enardece a las potencias europeas. España, Francia y Gran Bretaña sellan una alianza con un objetivo claro: invadir México, derrocar al gobierno republicano y cobrar, por la fuerza, lo que se les adeuda.
Juárez, consciente de la amenaza, organiza la defensa, el 23 de noviembre de 1861 crea la División de Oriente del Ejército Mexicano, pero surge un problema inesperado: ninguno de los generales desea encabezarla, nadie quiere cargar en su hoja de servicios una derrota que se anticipa probable frente a ejércitos profesionales europeos.
Es entonces cuando un joven general de apenas 32 años, en un acto que él mismo consideró de autodegradación, da un paso al frente, su nombre quedará grabado en la historia: Ignacio Zaragoza acepta el cargo, renunciando a su Ministerio de Guerra.
Con la misión de preparar la defensa y reconocer el terreno, Zaragoza parte de la Ciudad de México, busca el sitio adecuado para enfrentar la invasión y, al mismo tiempo, entrevistarse con el ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Doblado, quien se encuentra en el predio conocido como La Soledad, Zaragoza está convencido de que serán los españoles, al mando del general Juan Prim, quienes romperán las negociaciones y tratarán de recuperar, aunque sea simbólicamente, la antigua Nueva España.
Tras analizar posiciones y rutas, el general determina que la ciudad de Puebla es el punto estratégico ideal para defender la patria, con esa decisión tomada, emprende el camino rumbo a Veracruz.
El 10 de enero de 1862, al caer la tarde, el general Zaragoza llega a la Hacienda El Potrero, ubicada a unas dos leguas de la ciudad de Córdoba, la hacienda no detiene su ritmo cotidiano: la zafra continúa, el trapiche muele caña, las pailas hierven la miel que pronto será panela, el ejército liberal se mezcla con la vida del lugar, algunos soldados descansan bajo los corredores; otros limpian sus armas o preparan los caballos para reanudar la marcha, la guardia porta el uniforme del Ejército Liberal, gastado por la campaña pero firme en su convicción, las mujeres de la hacienda ofrecen comida sencilla: tortillas recién hechas, frijoles, algún taco improvisado que reconforta al soldado cansado. Todos están “a rancho”, sin distinción de jerarquías.
En ese mismo sitio, Zaragoza tiene un encuentro delicado: integrantes del Estado Mayor del general Prim, quienes gozan de privilegios concedidos por las autoridades mexicanas, entre ellos el libre tránsito por el camino real, caballos, carruajes, alimentos, agua y lugares de descanso, el general observa, escucha y guarda en la memoria cada gesto, cada palabra.
Al día siguiente, 11 de enero de 1862, desde la Hacienda El Potrero, Ignacio Zaragoza deja constancia escrita de su estancia y de sus preocupaciones, una carta, hoy resguardada en el Archivo General de la Nación, Sala 4, archivo del presidente Benito Juárez, caja 5, expediente Correspondencia entre el presidente Benito Juárez y el Gral. Ignacio Zaragoza, en la que expresa con claridad su desconfianza hacia el general Prim y los aliados europeos.
La carta dice textualmente:
Hacienda del Potrero, enero 11 de 1862.
Excelentísimo Señor Presidente Benito Juárez.
Méjico.
MUY ESTIMADO amigo:
He visto a los comisionados de las potencias enemigas de Europa que pasaron para esa ciudad, y he hablado con ellos, lo que me ha dado motivo para juzgar que no son a propósito para arreglar negociaciones de tanta importancia, como las que se les han encomendado; y aunque me supongo que el general Prim es un caballero me parece que con pretexto de arreglos trata sólo de ganar tiempo, pues sin duda, cuando los aliados meditaron su expedición, creyeron venir a encontrar el país en tal estado de división, que les bastarían diez mil hombres para penetrar hasta su capital, imaginándose que no había en la República gobierno reconocido y que podían celebrar convenios con cualquier jefe de los muchos bandos que les informaron se disputaban en él el poder.
A mi juicio ha sido poco prudente la conducta que se ha observado para con un enemigo, que, para pisar nuestro territorio, no ha guardado ni aun las reglas de urbanidad, porque lo hemos dejado en actitud de proporcionarse elementos para transporte, y aun de catequizar en esta gente jarocha, que en lo general carece casi de sentido común y quizá también de patriotismo. Por otra parte, de los que componen la comisión, dos son jefes de Estado Mayor, que van de paso examinando bien nuestras posiciones y explorando también el espíritu público de nuestros soldados, a algunos de los cuales han hecho preguntas capciosas.
Según yo entiendo, sería muy conveniente que a esos comisionados se les haga volver por el camino que han llevado, para no mostrarles principales puntos de defensa, ni evidenciarles el número de nuestra fuerza, datos de que un enemigo astuto se aprovecharía mucho en sus operaciones.
Viendo ahora el asunto por otro lado, la dilación de ulteriores hostilidades que ellos mismos, los aliados, han procurado, no nos daña, porque también a nosotros nos faltan el tiempo y elementos de guerra, no siendo difícil que para dentro de quince días ya estemos mejor preparados, pues los trabajos de esta línea tocan ya a su conclusión: en este momento me encuentro recorriéndola y activando aquéllos: el general E López del Uraga se halla por la de Jalapa y llegará a Córdoba el 23 según me escribe.

Hace muy pocos días que hubo entre los tres jefes principales de la expedición un disgusto tan grande, que estuvieron a punto de romper entre sí, tratando el general Prim de reembarcarse con sus fuerzas: andan muy mal entre ellos mismos, no se quieren unos y otros, y no será remoto que un día cometan una imprudencia de funestos resultados para sus operaciones. De la veracidad de estas noticias puedo responder, pues estoy seguro de que el hecho no es una mera vulgaridad. A ese malestar se agrega la enfermedad que se ha difundido entre sus tropas, según me ha dicho el mismo jefe español, bien que el clima comienza también a causar males en las nuestros, pues de cuatro días a esta parte tenemos algunos enfermos, que, aunque adolecen de calenturas, en lo sucesivo podrán fallecer ellos y otros más, si aquéllas se desarrollan con fuerza.
Con el contrato de raciones que hizo el General en Jefe, se ha conseguido lo principal, que es el rancho de la tropa y aun de jefes y oficiales porque todos estamos a rancho.
Agradezco a usted infinitamente que haya dado la orden para que mi familia reciba mil pesos, de cuya suma ya se le han entregado quinientos; y a propósito de dinero diré a usted que de los siete mil pesos que dejé pendientes de pago en esa capital, y que recomendé a usted y al señor Doblado se entregasen al acreedor, éste sólo ha recibido a buena cuenta mil quinientos: espero, a pesar de los compromisos del gobierno, que usted se servirá repetir sus órdenes para el completo pago de aquella suma. También estoy informado de que a los prestamistas de Puebla que tanto fiaron en mi palabra para ser reembolsados, sólo han recibido del comisario cinco mil pesos, y en consecuencia se les deben tres mil, los que éste ha dicho pagará luego de la distribución que está ya practicándose, pero esto acaso no será más que un pretexto para ganar tiempo, porque como dicen nuestros vecinos los yanquis, el tiempo es dinero, principio que a veces no comparte.
Su afectísimo amigo y seguro servidor.
I. Zaragoza.
Aumento: Recuerdo a U. mi recomendación respecto a Colombres, la cual no se reduce a hacerle favor a él, sino a que tengamos por acá un ingeniero, porque si U. viera cómo nos encontramos sobre este punto, se espantaría.
Zaragoza.
Como colofón, cabe decir que en esta carta se asienta una gran verdad histórica: la hacienda donde pernoctó el general, ubicada en lo que hoy conocemos como Potrero Viejo, fue llamada a lo largo del tiempo Hacienda El Potrero, nombre que ha sobrevivido a guerras, cambios políticos y al paso implacable de los años.
“En aquellos días de incertidumbre, cuando la patria parecía sola, fueron los mexicanos comunes —con su trabajo, su maíz y su valor— quienes sostuvieron la defensa de la nación.”
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales



