CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
Día 13 de 365, la aventura continúa.
13 de enero de 2026
Serie: AMORES SUBLIMES
ENTRE EL AMOR POR LA PATRIA Y EL AMOR POR LA ESPOSA.
Tras ser autorizada su petición para dirigir la División de Oriente por el propio presidente de la República, Lic. Benito ante la inminente llegada de las tropas extranjeras, el general Ignacio Zaragoza emprendió el camino para preparar la defensa de la nación, no era un viaje cualquiera: cada paso lo acercaba a la guerra y lo alejaba, sin saberlo, de la paz de su hogar.
El 10 de enero de 1862, luego de una larga jornada, arribó a la Hacienda El Potrero, allí pasó la noche, cobijado por muros antiguos que parecían conocer el peso de las decisiones graves, al día siguiente, desde ese mismo lugar, escribió al presidente Benito Juárez, en dos hojas, trazadas con una letra áspera y desigual, le confió sus temores sobre el general Juan Prim, jefe de la escuadra española, aquellas palabras, nacidas de la preocupación y la lealtad, fueron enviadas por el hilo invisible del telégrafo, ese nuevo nervio de la nación.
Muy lejos de allí, en Córdoba, en una oficina modesta y silenciosa, un telegrafista inclinaba el rostro sobre el aparato, de pronto, el aire se llenó del tic… tic… tic, monótono y urgente, como si el metal hablara en nombre de la patria, punto, raya, pausa, el operador escuchaba con devoción, traduciendo aquel lenguaje secreto que unía distancias y destinos, con mano firme fue dando forma al mensaje sobre el papel, consciente de que cada palabra llevaba consigo el peso de la historia.
Al concluir, dobla cuidadosamente el despacho y llama su ayudante, —Llévalo al cuartel —ordenó—. Es urgente.
El mensaje cruzó las calles de Córdoba hasta llegar al cuartel militar, el comandante de la plaza lo leyó una sola vez, su mirada se endureció, sin demora, llamó a dos jinetes, les entregó el documento y señaló el camino, —Busquen al general Zaragoza., donde esté, este mensaje debe llegar a sus manos.
Los caballos partieron al galope, levantando polvo sobre el Camino Real, mientras el destino avanzaba sin tregua.
El 13 de enero por la mañana, Zaragoza había reanudado su marcha hacia La Soledad, donde el ministro Manuel Doblado negociaba las potencias extranjeras, tras el desayuno, aquel general de pequeña estatura —apenas un metro sesenta y dos— se vistió con solemnidad: el uniforme, el kepí, la capa que lo había acompañado en Milpa Alta, Guadalajara y Calpulalpan, ajustó sus pequeños lentes, montó su caballo y partió junto a su escolta
La comitiva dejó atrás la hacienda, pronto cruzó los antiguos puentes de los riachuelos—aún en pie cerca del camino a La Concepción como mudos testigos del tiempo—, siguió por veredas, por caminos que hoy ya tienen nombre, hasta llegar al puente marcado en los viejos mapas con una cruz verde. Tal vez allí descansaron; tal vez los caballos bebieron agua antes de continuar, al llegar al majestuoso río Atoyac, encontraron el paso cerrado, el puente, destruido en 1859, no había sido reparado aún, buscaron entonces un vado y cruzaron por el arenal, ascendiendo al cerro del Chiquihuite, desde lo alto, Zaragoza comprendió el valor estratégico de aquel punto: desde allí se dominaba el horizonte oriental y detener el posible avance del enemigo.
Cuando iniciaban el descenso, una polvareda apareció a lo lejos, eran los jinetes enviados desde Córdoba, llegaron, apearon de sus caballos, se cuadraron ante el general y le entregaron la carta, Zaragoza desató el nudo con avidez, leyó, el papel tembló entre sus manos.
Un grito quebró el silencio del cerro:
—¡No puede ser!
La carta llevaba noticias tristes, la muerte de Rafaela Padilla, su esposa amada.
Ante él, dos caminos: uno lo llevaba a cumplir su deber con la patria; el otro, a regresar a México para acompañar las exequias de su amor.
El cerro del Chiquihuite fue testigo de uno de los actos más sublimes de la historia: Ignacio Zaragoza, con el corazón desgarrado, eligió continuar.
Los cascos de los caballos volvieron a marcar el camino, la patria llamó más fuerte que el dolor, veinte días después, en Paso del Macho, otra carta llegó a sus manos, esta vez llevaba la firma de Juárez: su nombramiento oficial como Jefe de la División de Oriente.
Así, entre el tic-tic-tic del telégrafo y el galope de los caballos, entre el amor perdido y el deber asumido, se forjó una decisión que cambiaría el destino de México.
“Hay amores tan grandes que, para salvar a la patria, aceptan llorar en silencio”.
La fecha de esta crónica es real, la carta es real, sigue resguardada en el Archivo General de la Nación; el lugar donde el Gral. Ignacio Zaragoza recibe la carta no está registrado en los anales de la historia, ni en los partes de guerra, ni en el diario del General, pudo ser en algún lugar entre la Hacienda El Potrero y Paso del Macho, lo ubique en el cerro del Chiquihuite porque fue el punto designado por Ignacio Zaragoza como primer punto de defensa en el caso de que alguna de las tres potencias extranjeras decidiera romper los acuerdos de La Soledad y decidiera atacar la capital de la República.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales
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