CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
18 de enero de 2026.
Serie: AÑORANZAS.
Hogar, dulce hogar: las comodidades en casa en los primeros años de nuestra comunidad.
Narraba la abuela, con esa manera suya de contar que no se aprende en la escuela sino en la cocina, que allá por 1910 ya había casas muy bonitas en Atoyac.
Casas de madera, y mampostería la mayoría con techos de lámina de cinc y que su papá, con costoneras bien acomodadas, había levantado un gran bracero donde su mamá hacía la comida, dormían en petates y catres de ixtle, se alumbraban con velas y candiles, y nadie se quejaba, porque así era la vida.
Pero, ¿cómo vivía una familia cuando se fundó el Ingenio y se creó el municipio de Atoyac?
Los cortadores de caña vivían en grandes galeras, los solteros dormían todos juntos y los casados, con un poco más de decoro y necesidad, levantaban alguna pared de tablas para tener su espacio individual, su pedacito de mundo y sus silencios.
Los obreros vivían en casas de madera de una sola pieza, que lo mismo servía de cocina, comedor, sala y dormitorio, con techos de zacate o del mismo rastrojo de la caña, allí se vivía todo, se comía, se reía, se lloraba y se soñaba.
Vivieran en galeras o en casas individuales, casi todas las viviendas contaban con lo básico para vivir, si no con lujo, sí con dignidad, había un bracero, en la parte trasera de la casa, para preparar los alimentos y cocer las tortillas, una mesa con sus sillas, un buen petate o catre para dormir, uno o dos sarapes para espantar el frío, platos y cucharas de peltre y tazas de barro, una olla de barro para cocer los frijoles, otra para el nixtamal, una cazuela para los guisos y un comal de barro donde las tortillas salían infladas y sabrosas.
Y ahí, como corazón de la casa, estaban el metate y el molcajete.
El metate, gastado de tanto moler nixtamal al amanecer, era testigo de rezos, pláticas y silencios, el molcajete, siempre listo, guardaba el secreto del chile bien molido, del jitomate asado y de las salsas que levantaban hasta al más cansado después de la jornada.
El alumbrado llegaba por medio de velas de sebo y quinques y candiles, y cuando la noche se alargaba, la flama bailaba como queriendo escuchar las historias que se contaban alrededor.
Los fines de semana era común que las familias fueran al río Atoyac, Mata Larga o el arroyo de los tigres a lavar la ropa, era común ver a las mujeres cargar una maleta de ropa equilibrada en la cabeza.
Cuando la familia empezaba a tener un poco de dinero extra, la vida se volvía más amable.
Entonces aparecían los vendedores ambulantes, esos comerciantes de paso que eran como feria itinerante: unos vendían mesas y sillas, otros sarapes de colores, manteles bordados o ropa de vestir de la época, que se compraba con cuidado y se guardaba para los domingos o las fiestas grandes.
En la plaza se compraba una plancha para tener bien arreglada la ropa del marido, del hermano o de los hijos, se adquirían uno o dos quinqués, de esos que tenían “una ruedita” con la que la flama se hacía grande o pequeña, según la necesidad; un buen trastero para tener en orden los trastes y algunas telas vistosas para poner cortinas en las ventanas, porque aunque humilde, la casa también quería verse bonita.
Conforme pasaba el tiempo llegaron otras novedades, y después de la década de los veinte aparecieron las estufas de petróleo, que parecían cosa de otro mundo.
El Ingenio proporcionaba luz gratis en época de zafra de caña y alcohol a partir de 1915, por lo que algunas colonias tenían alumbrado casi diez meses al año.
Y a partir de 1931, cuando se establece en el contrato colectivo del Sindicato de Obreros Artesanos Progresistas del Ingenio El Potrero que todas las colonias cercanas al ingenio contaban con electricidad, las primeras beneficiadas fueron Los Pinos, Unión y Progreso y la Obrera, a ellas se sumarían Rancho Sixto, Cortina, Centro y Chapultepec.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales



