CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
3 de febrero de 2026
Día 34 de 365, la aventura continúa… y llega la melancolía.
Serie: EL POTRERO QUE SE NOS FUE.
EL TIEMPO MUERTO.
Hay historias que no se olvidan, historias que dolían hasta el alma, historias que las nuevas generaciones no conocieron, pero que ahí están, esperando que alguien las cuente.
Aún recuerdo aquel día, mi madre cargaba a mi hermana, yo, todavía no cumplía los 4 años, mi madre llevaba en silencio; comadre Concha, dice Pepe que mañana nos vamos, salimos temprano para San Juan, dice que trabajará de albañil con mis hermanos, el Mezcua o Isaías, pero que de hambre no vamos a morir, regresamos por octubre o noviembre, y mientras platicaba, más lágrimas salían.
Ese día, no estábamos solos, el atrio de la parroquia de Cristo Rey se llenó como se llenan los silencios antes de la desgracia.
Muchas familia, como la mía, se arremolinaban sin decir mucho, apretando rosarios, mirando al suelo, abrazando a los niños que no entendían por qué los grandes lloraban sin que hubiera muerto nadie, a través de la malla ciclón que custodisna la barda perimetral del ingenio, tenian una vista preferente a ver los tándem A y B.
En el ingenio, la sirena sonaba melancólicamente, larga y cansada, bajaba intensidad y volvía con más poder, como si también ella supiera que estaba despidiendo algo más que una molienda.
En Calderas, Tachos, molinos, los escapes de vapor, accionados por los mismos obreros lloraban, bufaban con un lamento caliente anunciando el fin de zafra.
Era un llanto de fierro y vapor que se metía en el pecho y ya no se iba.
A lo lejos venía el ferrocarril de vapor, con la última góndola, dejada para el magno evento, silbando y silbando, como quien se resiste a llegar al final, al paso de las ruedas explotaban los petardos puestos con habilidad por don Mauro el garrotero, tronando sobre los rieles, mezclando fiesta con despedida, al frente de la góndola, con sendas bengales ferrocarrileros, con su color rojo granate, iluminaban la tarde, los últimos carros cargados de caña iban adornados con “la viuda”, esa cruz elaborada con las mismas caras dulces de caña de azúcar y adornadas con ramos de flores multicolores y papel de china, que le tocaba al último ejidatario en cortar su caña, honor que también era condena, acompañados por esos Jeep todo terreno que los inspectores de campo utilizaban para el desarrollo de sus actividades, venía también el Superintendente de campo y sus colaboradores.
Los cohetes explotaban en el cielo, iluminando por segundos lo que pronto sería incertidumbre.
Y luego venía el eco.
Y cuando el eco se llevaba los últimos sonidos, las lágrimas brotaban.
Las familias lloraban porque se había acabado el trabajo.
El tiempo muerto no era un término técnico, era una realidad que dolía, era el periodo que iniciaba cuando el ingenio dejaba de moler caña, cuando las chimeneas callaban y los patios quedaban vacíos, no había producción de azúcar, no había jornales completos, no había seguridad, en la vida del obrero, el tiempo muerto significaba esperar,
resistir o
partir.
Algunos esposos, padres y hermanos tendrían que emigrar a buscar trabajo a otras ciudades. Otros, los que se quedaban, los que habían guardado sus centavos, quizás aguantarían hasta la siguiente zafra, otros se empleaban en la albañilería como ayudantes, cargando bultos y mezclando cal, algunos regresaban al campo, al azadón, a jalarle la cola al diablo, como se decía, otros a las labores del campo, otros más se iban a cortar café, cerro arriba, con la espalda doblada y las manos teñidas de rojo.
Y como no decirlo, otros se quedaban a la aventura, el campo proveia de quelites, yerba mota, flor de Izote, tepejilotes, salían de cacería, traían conejos, mapaches, armadillos, alguna ave, lo importante era tener que comer y que decir del río Atoyac con sus langostinos, juiles, pepescas y hasta “cola de gallo”.
En algunos hogares, la esposa lavaba ajeno, plan haba o salía a asear las casas de los ingenieros, y caían los centavos, algunos vendían sus gallinas.
Solo unos pocos conservaban empleo:
los represeros,
los operadores de la planta hidroeléctrica,
los trabajadores de la fábrica de Alcohol,
y los de la fábrica del exquisito Ron Potrero.
Los demás aprendían a sobrevivir.
El tiempo muerto vaciaba casas, partía familias, apagaba el ánimo del pueblo, las mujeres estiraban el gasto, los comercios fiaban,y la cooperativa, esa gran tienda que surtía de productos de primera a las familias de los obreros y que se los iban descontando poco a poco se sus salarios, los niños crecían aprendiendo temprano el significado de la ausencia.
El ingenio, enorme y silencioso, parecía un animal dormido que tardaría meses en despertar.
Ese periodo terminó cuando se dio inicio a las zafras de mascabado, se trabajaban 10 meses del año, entraba mucho personal eventual a realizar la reparación de los equipos de Batey, molinos y algunas áreas de fábrica.
Algunos jóvenes que dejaron la escuela y se prepararon; a los 17 o 18 años ya eran oficiales mecánicos, electricistas, soldadores de autógena y eléctrica, paileros, en aquellos años llegaban a trabajar más de 1500 obreros en el año.
Hoy, el tiempo muerto ha pasado a ser historia, hoy, pocos trabajadores emigran; solo algunos de los eventuales, sobre todo los más jóvenes, tienen que salir a buscar oportunidades en otros lugares.
El Potrero ya no se queda en silencio como antes, pero la memoria permanece, porque hubo un tiempo en que la sirena lloraba… y todo un pueblo lloraba con ella.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.
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