CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
3 de febrero de 2026.
Serie: CONOCIENDO NUESTRA HISTORIA.
IGLESIA LA LUZ DEL MUNDO.
Hay historias que no tienen un día específico en el calendario, no aparecen marcadas en rojo ni se recuerdan con discursos oficiales, simplemente ocurrieron; “fue a principios de año, entre enero y febrero”, cuando el tiempo aún no decide si avanzar o detenerse, y con esos datos imprecisos, pero suficientes para la memoria, se escribe la presente crónica.
Potrero era, en aquel entonces, un pueblo de fe recia y costumbres profundas, la religión católica era la única que se profesaba.
El Jardín Zaragoza, frente al palacio municipal de Atoyac, inaugurado el 5 de mayo de 1922, era el centro donde se reunía la vida pública, pero también donde se encendían los ánimos cuando algo rompía el orden establecido, fue ahí donde una tarde cualquiera, la fe se volvió grito.
Y de pronto se escuchó:
—¡Hay que sacarlos!
—¡Ellos no son hijos de Dios!
—¡No tienen nada que hacer aquí!
—¿Qué esperamos? ¡Vamos!
Las palabras salieron primero, como advertencia, después vinieron los pasos apresurados y, más tarde, las piedras, un grupo de “fervientes” católicos abandonó el parque municipal y se dirigió a la casa de Eulogio Robles.
Desde 1939, en ese lugar humilde, un pequeño grupo de personas se reunía para escuchar la palabra de Dios, predicada por el hermano Emilio Argüelles, no había torre ni campana, apenas una construcción de madera con techo de lámina de cartón, levantada con esfuerzo y fe a un costado de la casa del mismo Argüelles.
Era la hora del culto.
La turba llegó sin aviso, las piedras golpearon la madera, el ruido seco retumbó como sentencia, la furia creció y no faltó quien encendiera una tea y la arrojara sin vacilar, el fuego prendió rápido, la pequeña casa comenzó a arder mientras, dentro, el miedo se abría paso, como pudieron, los hermanos salieron por la parte de atrás y corrieron a esconderse entre los cafetales.
Afuera, la turba siguió su marcha y se dirigió a la casa de Eulogio Robles, que también fue incendiada.
Cuando el ruido se apagó y solo quedó el olor a humo, los hermanos regresaron uno a uno, con lágrimas en los ojos contemplaron lo que había sido su pequeño templo, reducido a cenizas, no hubo insultos ni venganza, hubo salmos, y una decisión inevitable: abandonar Atoyac.
Con lo poco que lograron rescatar caminaron por el Camino Real hasta la Congregación El Molino, donde sabían que el hermano Faustino Olea los recibiría.
Así terminó, entre llamas y silencio, el primer templo de La Luz del Mundo en Atoyac.
Pero la historia venía de antes.
A finales de enero o quizás los primeros días de febrero de 1939, el día exacto se pierde entre los anales del tiempo, había llegado de Guadalajara el hermano Anastasio Soto.
Traía consigo el testimonio de lo que había recibido y escuchado del apóstol de Jesucristo, Aarón Joaquín, compartió su fe con sus familiares Constantina, Rafael Ávila y su esposa Goyita, sembrando en Potrero la semilla de la iglesia de La Luz del Mundo, poco a poco, algunos habitantes del pueblo se fueron sumando a esta nueva doctrina.
Entre los primeros creyentes quedaron registrados nombres que hoy forman parte de la memoria local: Faustino Olea, Virginia López, María Olea, Justo Gómez, Celestino Blanco y su esposa Guadalupe, Margarita e Irene Lozano, María Durán, Rafael Mora y su esposa Aurelia, Eulogio Robles y Miguel Argüelles, ellos propusieron construir un pequeño templo, convencidos de que la fe también necesita un lugar donde reposar.
Tras los hechos violentos, los hermanos fueron recibidos en casa de Faustino Olea, con el apoyo solidario de la esposa del señor Erick Koening, se trasladaron a Potrero Nuevo, a la colonia McClean, en terrenos de lo que hoy es la colonia Sixto González, más adelante, adquirieron un terreno en la colonia Hidalgo, donde construyeron el primer templo en Potrero.
Pero la persecución no cesó.
Hubo amenazas, irrupciones violentas, hombres que entraban al templo a lomo de caballo, pistola en mano, disparando al aire sin importar el terror que causaban, incluso en los niños, en 1945, ante el acoso constante, los hermanos emigraron a la ciudad de Córdoba por un periodo de cinco años.
Pasado ese tiempo de diáspora, regresaron para quedarse.
La iglesia continuó creciendo, apoyada y visitada con frecuencia por el apóstol Aarón Joaquín, se integraron nuevos creyentes: Marciano Sánchez y su esposa Rosa Román, Dora Luz Sánchez, Víctor Sánchez, Otilio Cortés y Catalina Sánchez, Francisco Robles y Eva Varela, Víctor Arteaga y Sirenia Sánchez, Severiano Sánchez, entre otros.
En 1977 se adquirió un terreno en la colonia Buenos Aires, sobre la avenida 12 de Octubre, donado por un ferviente católico.
Con la participación de todos los hermanos se construyó un nuevo templo, inaugurado el 3 de junio de 1979 por el hermano Samuel Joaquín Flores. La fe, una vez más, se levantó sobre las ruinas del pasado.
Hoy, la Iglesia de La Luz del Mundo continúa creciendo en Atoyac y su sierra, en la comunidad de Mirador también se ha construido un templo.
Desde estas tierras Potrerenses han salido ministros y predicadores a distintos puntos del país, llevando consigo la palabra y la memoria de los días difíciles, podemos nombrar a algunos, sin que con esto olvidemos a algún hermano que se escape a mi memoria: Esther Zavaleta, Daniel Sánchez Olmos y su esposa Leticia Román, Octavio Aguilar y Luisa Ojeda, Bilham Lobillo Mena y Nelly Arteaga, Benjamín Ramírez y Margarita Meza, Azael Cruz y Birza López, entre otros.
Con el paso de los años, aquella fe que un día fue perseguida y obligada a caminar por el Camino Real tomó rumbo fijo y calendario propio, cada mes de agosto, como una peregrinación que no necesita anuncio oficial, la mayoría de los miembros de Potrero se prepara para viajar a Guadalajara, sede principal de la Iglesia de La Luz del Mundo, no es un viaje cualquiera, es el reencuentro con la raíz, con la palabra escuchada de primera mano, con la historia que comenzó en casas humildes y caminos polvorientos.
En esos días de agosto, Potrero se queda a medias y Guadalajara se llena de voces que traen consigo la memoria de Atoyac.
Entre cantos y multitudes, los hermanos recuerdan que la fe que hoy celebran nació entre piedras y fuego, pero no se extinguió.
Y al regresar, vuelven fortalecidos, confirmando que hay historias que no pudieron ser borradas, que se quedaron en el tintero por años, pero que siguen caminando, firmes, mientras haya quien las recuerde y las cuente.
Créditos: Agradecimiento a Sergio Hernández, Moisés Zavaleta, Severiano Sánchez, el inolvidable “Don Cheve” (QEPD), Neftalí Sánchez Olmos,(QEPD) y Salomón Ramos por su valiosa cooperación para reconstruir esta historia de La Luz del Mundo.
Un agradecimiento especial a un gran amigo, Óscar Zavaleta Ávila, quien hace unos días nos encontramos al interior del Ingenio y me dijo, “Lupillo, hace unos años comentaste la historia de la iglesia la Luz del mundo, no seas malito, conpartemela, para que se las mande a mis familiares para que conozca la historia, y en atención no solo a él, si no a todos los amigos, la comparto con mucho cariño y aprecio.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.



