CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
10 de febrero de 2026.
Día 41 de 365, la historia continúa…
Serie: UN DÍA COMO HOY.
DÍA DE LA FUERZA AÉREA MEXICANA.
ALAS DE LA PATRIA, ORGULLO DE ATOYAC.
Hay fechas que no hacen ruido, pero pesan, estallan en júbilo, no se anuncian con fanfarrias, pero permanecen suspendidas en la memoria nacional como una vigilia constante.
El 10 de febrero es una de ellas.
Un día como hoy, pero de 1944, el Estado mexicano reconoció formalmente a la Fuerza Aérea Mexicana como una fuerza armada con identidad propia, desde entonces, el cielo dejó de ser solo paisaje para convertirse en territorio sagrado.
Pero antes de que existieran reglamentos, hangares y academias, la aviación militar en nuestro país nació entre pólvora, ideales y revolución, fue la División del Norte, comandada por el legendario Francisco Villa, la primera fuerza armada mexicana en emplear aviones con fines bélicos, comprendiendo que dominar el cielo era adelantarse al destino.
Aquellos aeroplanos rudimentarios, pilotados con más valor que técnica, marcaron el inicio de una nueva forma de hacer la guerra… y también de defender la patria.
La historia de nuestras alas no nació en escritorios, nació en campamentos, en caminos polvorientos, en manos temblorosas que aprendieron a volar sin manuales, solo con coraje.
Con el paso del tiempo, esa intuición se convirtió en vocación, y la vocación, en institución.
La Fuerza Aérea Mexicana aprendió a vigilar sin hacer ruido, a proteger sin alardes, a llegar donde nadie más puede, ha estado presente en huracanes, incendios, terremotos y tragedias, llevando víveres, esperanza y consuelo.
Pero también ha sabido escribir páginas de honor.
Ahí permanece el recuerdo del Escuadrón 201, que cruzó océanos para defender la libertad en tierras lejanas, llevando a México en el fuselaje y en el alma.
Y en medio de esa historia nacional, también florecen los nombres locales que honran a su tierra.
Hoy, Potrero levanta la mirada con orgullo para reconocer al hijo pródigo un joven hijo de este municipio, de raíces 100% potrerenses, piloto aéreo y miembro activo de esta noble arma, y que por respeto a la familia, omito su nombre.
Un joven formado entre cañaverales y montañas, que aprendió primero a amar su tierra antes de aprender a volar.
Un joven que cambió los caminos rurales por las rutas del cielo, sin olvidar jamás de dónde viene.
En cada misión que cumple, viaja con él el nombre de Potrero.
En cada vuelo, lleva consigo el eco de su gente.
En cada aterrizaje, regresa simbólicamente al abrazo de su pueblo.
Porque ese joven no solo pilota aeronaves: pilota sueños colectivos, esperanzas comunitarias y el honor de toda una región.
En pueblos como Atoyac, donde el cielo se contempla con respeto y las montañas enseñan humildad, la Fuerza Aérea no es una abstracción lejana, es el helicóptero que aparece tras un deslave, el avión que rompe el silencio después de la tormenta, el uniforme que representa auxilio y confianza.
Hoy, 10 de febrero, no celebramos solo máquinas ni rangos.
Celebramos historias.
Celebramos raíces.
Celebramos vocaciones.
Celebramos a quienes, como el joven de la crónica de hoy demuestran que desde un rincón veracruzano también se puede servir a la nación desde lo más alto.
Porque mientras haya alas mexicanas surcando el firmamento, mientras haya corazones potrerenses latiendo en las cabinas, mientras haya compromiso con la patria,
el cielo seguirá siendo nuestro.
Y México, desde abajo y desde arriba, seguirá en pie.
P. D. Se forjó en la manada de lobatos del grupo Scout 1 de Potrero, aquí empezó su sueño, su ilusión.
Recopilador Nazario Guadalupe Cebada Morales.



