CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
6 de febrero de 2026
Día 37 de 365, la aventura continúa…y nos lleva a conocer algunos pasajes casi olvidados.
Serie: CONOCIENDO NUESTRA HISTORIA SINDICAL.
LOS EVENTUALES DE LA SECCIÓN 23.
En estos primeros días del año, y gracias a los fieles lectores que leen mis crónicas, ha habido propuestas para que narre algun pasaje histórico, algún evento, algún personaje que partió al encuentro con el Señor, y si, se están preparando las crónicas, pero hubo un amigo, José Manuel Villagómez, quien me dice: Cebada, no has escrito nada de la historia sindical que nos tocó vivir, de la lista de eventuales, de la lucha por la ropa y calzado, del 06, la nueva generación de eventuales no conoce como se lograron estás prestaciones y, en atención a Manuel y otros amigos como Alfredo Pimentel, empezamos con esta serie, los eventuales de la sección 23 y sus luchas. Empezamos.
A lo largo de la historia del Ingenio El Potrero, no solo se han forjado luchas con nombres grabados en actas, documentos y placas conmemorativas, también existen batallas silenciosas, libradas en el Batey, en los talleres, en los turnos nocturnos y en las temporadas de escasez.
Son las batallas de los trabajadores eventuales, esos hombres que, sin plaza fija ni escalafón, sostuvieron durante décadas el ritmo de la fábrica.
Cómo bien sabemos, el trabajador eventual es aquella persona que se ocupa en las grandes fábricas o en el campo para realizar actividades extraordinarias, no cuenta con plaza, ni pertenece formalmente a un escalafón, vive entre la esperanza y la incertidumbre, entre el llamado inesperado y el silencio prolongado.
Desde la primera zafra del Ingenio El Potrero en 1908, fue indispensable la participación de trabajadores eventuales, hombres que llegaban a reforzar las cuadrillas, a cubrir ausencias, a enfrentar picos de producción, sin derecho a una base dentro de la factoría.
Con la formación del sindicato, se elaboró un escalafón donde se registraban nombres, categorías y salarios según la actividad desempeñada, en ese sistema también fueron incluidos los eventuales, para cubrir faltas, incapacidades o trabajos extraordinarios.
En un inicio, solo se aceptaba como eventuales a los hijos de los trabajadores, eran pocos, y su ingreso estaba regulado por usos y costumbres no escritos.
La ampliación del ingenio en 1964 abrió una gran oportunidad.
Muchos trabajadores que habían laborado de forma intermitente lograron alcanzar una plaza, el escalafón pasó de unos 350 obreros a cerca de mil, sin embargo, el Estatuto del Sindicato Nacional Azucarero, vigente desde 1934, ya establecía requisitos para ser considerado eventual, lo que mantenía limitado el acceso.
Ser eventual no garantizaba, en modo alguno, la obtención de una plaza, existía un pequeño reglamento: al concluir la primaria, el hijo de un trabajador era presentado ante la asamblea, si era aceptado, el padre pagaba un día de salario por la “matrícula” de su hijo, entregaba el acta de nacimiento y el certificado de primaria, a cambio recibía una credencial con el escudo del sindicato y el número de matrícula que lo acreditaba como socio de la sección, a partir de ahí, comenzaba una larga espera.
Este sistema permitió que algunos jóvenes, sin haber trabajado un solo día en la fábrica, fueran llamados directamente para ocupar vacantes, por el simple hecho de tener matrícula, mientras tanto, muchos otros, ya casados o con responsabilidades familiares, trabajaban durante años sin lograr una base, y quienes no tenían lazos familiares con obreros, estaban condenados, casi siempre, a ser eventuales de por vida.
Para 1975, la empresa entró en una etapa de bonanza, se inició la refinación de azúcares mascabados al terminar la zafra, departamentos como Calderas, Mecánica, eléctrico, Soldadura, Almacén y otros afines, mantenían actividad constante, paralelamente, durante los periodos de reparación en Batey, molinos y ferrocarril, se contrataron numerosos trabajadores por “solicitud de personal”, como se llama oficialmente.
El trabajo abundó.
El sindicato ya no pudo cubrir la demanda solo con hijos de trabajadores, se abrió entonces la puerta a quien quisiera y pudiera laborar, en esa época llegaron a trabajar más de mil setecientas personas.
Pero todo cambió cuando la empresa y el gobierno decidieron terminar la etapa de refundición o zafra de mascabado.
Los trabajadores de base regresaron a sus puestos, desplazando a los eventuales, muchos quedaron nuevamente sin empleo, aun así, para cumplir los ciclos de reparación, se siguió contratando personal por solicitud, se dio el caso de algunos jóvenes, con apenas 18 años y ya con oficio, llegaban a traer como ayudantes a hombres de 60 años. Era el mundo al revés, pero así funcionaba la necesidad.
Además, la pobreza obligó a muchos jóvenes a abandonar la escuela, algunos alteraron su acta de nacimiento para poder trabajar, sin control riguroso, comenzaron a laborar sin matrícula.
En los años ochenta, el problema era evidente: había demasiados eventuales y pocas plazas.
Entre 1982 y 1983, se otorgaron plazas a jóvenes que nunca habían sido eventuales, esa fue la gota que derramó el vaso.
En esa época se bonanza, muchos jóvenes que habían abandonado sus estudios en la Universidad Veracruzana, el Tecnológico, la UNAM, el Politécnico y otras instituciones, habían leído la Constitución, la Ley Federal del Trabajo y el Contrato Ley de la Industria Azucarera, el Capital entre otros libros, comprendieron entonces una verdad fundamental:
“Los derechos se hacen trabajando.”
Y bajo ese lema, comenzaron a organizarse.
Surgieron líderes naturales entre los eventuales:
Aldo Lara Navarrete, Ramón Jiménez López, Martín Gómez Martínez, Rafael Rojas Balbuena, Humberto Hernández Lara, Andrés Ramírez Rodríguez, Melesio Zárate Álvario, Mariano Montenegro Ramírez y quien esto escribe, entre muchos otros, una disculpa si omito a alguno.
Además se contó con el apoyo de compañeros clasificados y empezaron a levantar la voz en las asambleas, empezaron a ser escuchados, ya no eran un cero a la izquierda.
En 1985 se logró integrar la primera lista formal de eventuales: 997 trabajadores registrados, abarcando de 1977 a 1984.
El requisito principal eran los talones de raya, aquella lista, elaborada por Salvador Trujillo Dorantes, Alfredo Ramírez y Abel Hernández, con errores y vacíos, fue la base para una segunda más completa.
Ese mismo año, se elaboró una nueva lista, incluyendo a quienes no tenían comprobantes, se cambió la comisión de la lista de eventual por Aristeo López Rincon Rincón, Liberio Rico Mendoza y Eleazar Cortes Romero, además se conto con el apoyo de la empresa, y se revisaron en el archivo las sumarias semanales, de los compañeros que pedían revisar algún o algunos años en especifico, fue un trabajo titánico, paciente y desgastante, pero fructífero.
Se estableció entonces un reglamento sencillo:
—El periodo sería anual, del 1 de enero al 31 de diciembre.
—Se deberian trabajar como mínimo 30 días por año.
—El orden se definiría por el número de días laborado en el año en que se empezó a trabajar.
—En caso de empate, se revisarían años posteriores.
—Se incluiría un trabajador libre por cada diez hijos de obrero (regla eliminada en 1995).
—Se permitirían hasta tres años de “puente” por faltas, ya sea continuos o alternados.
—Al cuarto año, se perdería la antigüedad.
—La lista se actualizaría en enero de cada año.
Con la reforma estatutaria de 2021, se estableció que a partir de 2025 los eventuales deberán laborar mínimo 60 días al año para conservar sus derechos.
Así, entre luchas, papeles, asambleas, desvelos y esperanzas, los trabajadores eventuales de la Sección 23 construyeron su propia historia.
Una historia sin reflectores, sin discursos oficiales, pero llena de dignidad.
Porque ellos sostuvieron la fábrica cuando más se necesitaba.
Porque aprendieron oficios sin escuela.
Porque defendieron sus derechos sin más arma que su voz.
Porque resistieron sin plaza, pero con honor.
Hoy, al recordar su camino, rendimos homenaje a quienes nunca se rindieron, a quienes demostraron que la justicia laboral no se hereda: se conquista.
Y así, en estas páginas, queda sembrada su memoria.
Próxima entrega: El escalafón de 1986 y los primeros eventuales clasificados
Corolario: El Cine Potrero fue testigo de las luchas de los eventuales, en sus butacas verdes y de madera se realizaron infinidad de asambleas que definieron el rumbo y la restitución de sus derechos.
Recopilador:
Nazario Guadalupe Cebada Morales



