Uriel Flores Aguayo

Domingo de abril en XALAPA, sabido el pronóstico de lluvia sin detalles y alarmas. Actividad normal, de rutina. Búsqueda de alimentos en la avenida Araucarias. De pronto, una tormenta muy fuerte, granizo incluido. Espera prolongada. Apenas amainó el aguacero a emprender el retorno a casa. Del inicio de la tormenta a ese momento fácilmente había transcurrido una hora. Recorrido hacia el monumento «La Araucaria», con dos opciones de ruta dirigiéndose hacia la Avenida Américas: doblar hacia la izquierda en » Lázaro Cárdenas » o seguir sobre «veinte de noviembre «; optamos por la primera para encontrarnos a pocos metros con un asombroso embotellamiento. Una inmediata posibilidad de salida era la calle Coronel Pablo Frutis, por la agencia de la Renault, pero estaba inundada; una segunda opción era la Avenida de La República de Agua Santa II, pero está cerrada por obra. Sin alternativas todo era incertidumbre y riesgos por la acumulación de vehículos, avanzando a vuelta de rueda y con muchos problemas. El tiempo de traslado entre esos puntos y la vuelta para la Avenida Américas fue de unos cuarenta minutos. La diferencia entre vivir las consecuencias y peligros de la tormenta o no radicaba en algún dispositivo preventivo que avisara de las condiciones de la avenida Lázaro Cárdenas, como puede ser un letrero o una persona que haga las indicaciones.

Vivida esa espantosa experiencia viene el enojo y el cuestionamiento hacia la existencia o capacidad de las autoridades de todos los niveles. Si ya sabían lo que venía en camino con el clima, porqué  no tomaron medidas. Será tan difícil, es pregunta, que se reúnan y planeen la organización para enfrentar la tormenta. Hablamos de los tres niveles de Gobierno, de las áreas de protección civil, de los agentes de tránsito, de las policías estatales y municipales, del ejército nacional, de los bomberos, de los socorristas, etc.. Al tratarse de la capital de Veracruz, concentración de dependencias y funcionarios de todo tipo, uno esperaría una actuación rápida y eficaz ante fenómenos naturales como el señalado. Podrían organizar un comando conjunto, disponer de personal y vehículos suficientes para intervenir en lo inmediato. Hacer algo, lo mínimo, para apoyar a la ciudadanía y dar garantías de seguridad. Vamos, bastaría poner a un elemento que desviara el tráfico y, con eso, evitaría mayores problemas. Pero no. Aparecen después de los hechos y son omisos. No son preventivos ni efectivos, son reactivos.

Es gravísimo ese comportamiento, nos habla de un bajo nivel gubernamental y pone en un real peligro a la población. En esos aspectos se mide la capacidad y calidad de los gobiernos. No tiene mayor sentido expresar las grandes ideas y proclamas heroicas si no se puede dar garantías básicas a la gente. Es duro ver eso y aprenderlo así. Pero también es una oportunidad para las observaciones y críticas constructivas; de que, con autocrítica, las autoridades recapaciten y adopten otro comportamiento, más profesional y comprometido. Tampoco se piden imposibles. Es lo mínimo a que tenemos derecho y a que están obligados los funcionarios correspondientes.

En esta ocasión no hubo afectaciones humanas, no debiéramos esperar a que ocurran para tomar cartas en el asunto. Igual que en situaciones de este tipo, por su peligrosidad, se presentan hechos graves como el paso de vehículos pesados por nuestra ciudad, poniendo en graves riesgos a la población. Hay antecedentes de desgracias. Existe normatividad municipal para intervenir estrictamente en estos casos. Es una lucha entre el interés general y la corrupción gubernamental que deja en medio a la gente. Aquí solo se pude aplicar la normatividad y velar por la seguridad de la población. Es fácil y no requiere mayores acciones gubernamentales; no es no. Va de por medio la vida de la ciudad.

Recadito: no dice nada llamarse de izquierda si no pueden con lo básico.

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