La espera que dolió: una semana para traerlo de vuelta a casa.
José Vargas.
Tierra Blanca.- Desde la semana pasada, en Tierra Blanca, el tiempo comenzó a medirse de otra forma. No por días ni por horas, sino por llamadas que no llegaban, por trámites que no avanzaban y por una esperanza que se sostenía únicamente en la promesa de que el cuerpo del Teniente Luis Enrique Castillo Terrones pronto regresaría a casa.
El accidente aéreo ocurrido en Galveston, Texas, fue repentino. Brutal. De esos que no dan margen para la despedida. Desde entonces, su familia quedó atrapada entre el duelo y la burocracia, esperando una confirmación, un permiso, un sello, cualquier avance que permitiera traerlo de vuelta a su tierra.
Pero el proceso no fue inmediato. Los trámites ante las embajadas y las instancias correspondientes se prolongaron, complicados además por la naturaleza del accidente, que exigió procedimientos especiales de identificación y traslado. Cada día que pasaba sin noticias claras aumentaba la angustia de los familiares, que veían cómo la espera se alargaba sin una explicación precisa.
Mientras tanto, en Tierra Blanca, la noticia corría de boca en boca. Amigos, conocidos y vecinos preguntaban lo mismo: “¿Ya viene?” La respuesta siempre era incierta. La comunidad aguardaba, solidaria, pero impotente ante la distancia y los procesos diplomáticos que parecían avanzar con lentitud.
Finalmente, tras más de una semana de espera, el aviso llegó. El cuerpo del Teniente Luis Enrique Castillo Terrones había sido liberado y emprendía el regreso. No fue un momento de alivio total, sino de resignación: la certeza de que volvería, sí, pero ya sin vida.
Este día, por fin, regresó a Tierra Blanca, su lugar de origen. A la 1 de la tarde, en su domicilio, se ofició una misa de cuerpo presente. No hubo discursos largos ni explicaciones oficiales. Solo silencio, lágrimas y oraciones. El tipo de silencio que deja la ausencia definitiva.
La espera terminó, pero el dolor permanece. La semana de trámites, retrasos y gestiones quedó atrás; lo que queda ahora es el duelo de una familia y de una comunidad que aprendió, una vez más, que incluso la muerte puede quedar detenida en un escritorio, a la espera de una firma.
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