CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
24 de enero de 2026.
24 días de 365, la aventura continúa…
Serie: ESTAMPAS DE MI PUEBLO QUE YA NO SE VOLVERÁN A VER
Hay escenas que el tiempo no se llevó: las borró a fuerza de progreso, de concreto y de olvido.
Esta estampa de mi pueblo ya la había contado hace algunos años y a muchos amigos les gustó, y me pudieron que narrará nuevamente la historia de “Chorejas” y aquí va en memoria de los tablajeros de aquel Potrero que no volvers.
Retrocedemos en el tiempo y nos encontramos en un viernes cualquiera, antes de 1980, cuando Atoyac todavía olía a río, a rastro y a sudor honrado.
Después de las modificaciones del ingenio en 1964–1965, también cambió el paisaje urbano, el antiguo rastro municipal, aquel que respiraba vida y muerte a unos pasos del Mercado Viejo, donde hoy está el salón de jubilados de la Sección 23, fue mudado a la colonia Los Pinos, a un costado del río Atoyac, frente a la represa, con él se mudaron también los hombres de fuerza, esos que cargaban más historia que carne.
Han matado una res.
La han desollado.
La han destazado.
Entonces aparece él:
Un joven escuálido, de no más de cincuenta o sesenta kilos, Ramón Martínez Sosa, al que todos conocían como el Chorejas, gracias a la generosidad que Dios le había dado en las puertas que llevan el sonido al interior y lo convierten en susurros y palabras, se ajusta el cinturón, se aprieta la faja, que no es sino un pedazo de reata de ixtle de media pulgada, se quita la guayabera y queda en camiseta Zaga, ya gastada de tantas jornadas iguales y distintas.
Hay un ritual que se respeta:
Se coloca una manta en la cabeza, la acomoda con paciencia, la anuda despacio a la altura de la nuca, como quien amarra su destino.
Le da el último jalón a su cigarro Raleigh.
Escupe a un lado.
Y sentencia, sin alzar la voz:
Ahora sí … échenle, canijos.
Diego Machuca y otros tablajeros levantan medio cuadril de la res sacrificada y se lo acomodan en la espalda, casi ciento sesenta kilos de carne, el triple de su propio peso. El Chorejas hace pequeños movimientos milimétricos, como si dialogara con la carga, se mueve, ajusta, centra, aguanta, vuelve a decir, seco:
—Ahora sí… suéltenla.
El peso cae.
El silencio también.
Se persigna. Y empieza a caminar.
Son apenas ocho metros para salir del rastro, pero parecen una vida entera, luego viene la bajada hacia la represa: tierra y piedra, siempre húmeda, siempre traicionera por el agua que baja desde la casa de “Pancho” Pistolas, del “marro”, de doña “Pancha” y de todo el callejón hasta besar el río, cada paso es un cálculo, cada resbalón contenido, una victoria.
El Chorejas avanza lento, rítmico, como si el corazón le marcara el compás, suda, aprieta los dientes, no mira a los lados, mira al frente, donde termina el sufrimiento inmediato.
Llega a la cima. Ahí lo espera la voz de su amigo inseparable, Pepe Tavares, que rompe la tensión con una verdad dicha en broma:
—Ay, Ramón… ¿qué estarás pagando?
El Chorejas mueve la cabeza, sonríe apenas, una sonrisa chiquita, vencida, y sigue, tiene dos caminos: llegar hasta la panadería de don Felipe Castellanos, donde se reúne la flota del Chamizal, Pinos y Unión, Rogelio Silva Quevedo, Chucho Olivares, Beto Zayas, Nica Montiel, el Pichi, Feyo Talavera y tantos más, es día de botana, bolillos recién salidos del horno, queso fresco aún en uelti en hoja de plátano, chiles en vinagre, sin faltar la “chela” bien fria; o doblar hacia la casa de doña María Moreno.
Elige el segundo.
Dobla. Pasa frente a la casa de don Gilberto Dorantes, ya va a la mitad del trayecto, el peso no afloja; quema, pero sigue hasta la rampa que lo llevará al túnel que une la colonia Pinos con el centro del pueblo.
Entra al túnel, el cuadril pasa rozando las paredes, la carne casi besa el ladrillo, el no se detiene.
Llega al final del túnel, y aún falta.
Cinco escalones.
Uno…
Otro…
Y otro más.
Un paso a la vez. Hasta que por fin llega a la entrada del mercado, cruza por los locales de don Pablo, la carnicería de los Lagunes, pasa frente a la de don Lorenzo Pimentel, dobla la esquina y alcanza su destino final: la carnicería de don Juan Pimentel.
Los hijos de don Juan lo ayudan a descargar, cuando el peso abandona su espalda, el Chorejas suelta un suspiro largo, profundo, como si se le escapara el alma.
Ha cumplido su primera carga.
No hay aplausos. No hay discursos, pronto regresará al rastro por otro cuadril, quizá más pesado que el que llevo.
Así se ganaba el pan.
Vaya este texto como homenaje a aquel cuerpo de cargadores de carne de res y cerdo, que, con todo el valor mexicano, llevaban su preciada carga desde el rastro, a un costado del río, hasta el mercado.
Honor y memoria para los hermanos Diego, José y Primitivo “Primo” Machuca, Guadalupe “Sobuca” Pacheco, y para nuestro protagonista Ramón Martínez Sosa, “el Chorejas”, y para otros más cuyos nombres el tiempo me niega, pero que viven en el recuerdo de los amigos, de los familiares y, que, una vez que los tenga, se incluirán en este homenaje, Honor a estos hombres que sostuvieron sobre la espalda, literalmente los primeros 110 años del municipio de Atoyac.
Cómo corolario:
Y así, mientras el “Chorejas” se perdía cuesta arriba entre el polvo del camino y el murmullo del río, vale la pena dejar constancia de los lugares donde la carne, y con ella el oficio del tablajero, tuvo casa en nuestro municipio.
Porque la historia también se escribe con cuchillos afilados, chairas, sangre lavada al amanecer y hombres que hicieron del trabajo rudo una forma de dignidad, vamos a hacer un recorrido por los lugares donde se establecieron aquellos viejos rastros, de dónde salía la carne que llegaba hasta nuestras mesas.
En los primeros tiempos, cuando todo era más cercano y menos reglamentado, los mataderos funcionaban en casas particulares, patios amplios, donde el sacrificio se hacía al aire libre, la rama de algún árbol sostenía la carne en canal, con el paso de los años y la necesidad de orden, se inauguró el primer rastro formal junto a la bomba de agua del río Atoyac, a un costado del viejo puente del ferrocarril El Mexicano, sitio hoy cargado de memorias que pocos recuerdan, más tarde, el rastro se trasladó a la esquina de lo que hoy es el salón de los jubilados de la Sección 23, espacio que también guarda ecos de aquella faena diaria, posteriormente, se ubicó a orillas del río Atoyac, en la colonia Los Pinos, donde el agua seguía siendo testigo silencioso del trabajo y del sacrificio, después vendría el rastro junto a Mata Larga, ya en tiempos de mayor regulación y distancia con el casco urbano.
Hoy, aquel andar del tablajero quedó lejos. La carne que llega a nuestras mesas proviene del rastro regional TIF de Cuitláhuac, Veracruz, moderno, higiénico, distante, pero aunque los sitios cambiaron, en la memoria del pueblo siguen vivos los hombres que cargaron el peso literal y simbólico del oficio, cuyos nombres quizá se borraron, pero no su huella.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.
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