CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
7 de febrero de 2026.
Día 38 de 365, la aventura continúa…
Serie: HISTORIAS DE AMOR JAMÁS CONTADAS.
MUERTE EN EL RÍO,, HERENCIA PARA LA ETERNIDAD.
Hay fechas que no se borran, hay recuerdos que, como las aguas de un río, regresan una y otra vez a golpear la memoria, y hay tragedias silenciosas que, sin saberlo, siembran el destino de los grandes hombres.
Esta es una de ellas.
Esta es la historia de cómo, entre el murmullo del río Atoyac y el llanto de una madre, comenzó a forjarse la vida del futuro Premio Cervantes.
De la Col. Cortina en Potrero Nuevo, Ver. a Alcalá de Henares.
SERGIO PITOL DEMENEGHI.
El Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares se ha vestido de gala, era el 23 de abril del año 2005, fecha que coincide con el aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes Saavedra.
Ese día se va a entregar el Premio Miguel Cervantes de Literatura y, tras deliberar entre una treintena de escritores, el galardonado es el escritor mexicano, Sergio Pitol.
Con gallardía y serenidad sube al estrado.
Camina con paso firme, se detiene frente al atril y, con voz serena, agradece el reconocimiento.
Pero su primer mensaje no va dirigido a salones literarios ni a academias: va a un rincón humilde, escondido entre montañas veracruzanas, al lugar donde nació su memoria.
A aquel Potrero que lo marcó para siempre.
Toma el micrófono, afina su voz y dice:
“Un nombre, tan distante a la elegancia:
Potrero, era un ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se acercaban animales salvajes.
Potrero estaba dividido en dos secciones, una de unas quince o diecisiete casas, habitadas por ingleses, americanos y unos cuantos mexicanos, había un restaurante chino, un club donde las damas jugaban a las cartas un día por semana, una biblioteca de libros ingleses y una cancha de tenis.
Esa parte estaba rodeada por bardas altas y fuertes para impedir que a ese paraíso se introdujeran los obreros, artesanos, campesinos y comerciantes minúsculos del pueblo.
Aquella zona era tórrida e insalubre.”
Los asistentes aplauden, de pie, el galardonado, sonríe, recibe el premio.
Pero la historia no inicia ahí, inicia hace muchos años.
Corría el año de 1937.
En una casa de la ciudad de Puebla, la muerte entró sin pedir permiso, el jefe de familia falleció a causa de una meningitis mal atendida, la enfermedad, lenta y cruel, fue apagando su vida mientras la familia observaba impotente.
La casa quedó en silencio, la mesa quedó incompleta.
Y el futuro se volvió incierto.
Ante aquella pérdida, la familia decidió emigrar a Córdoba; y aprovechando que el doctor Demeneghi era jefe de los servicios médicos del Ingenio El Potrero, los viajes al ingenio se volvieron frecuentes, casi inevitables.
El destino ya estaba trazando su ruta.
Llegó la Semana Santa de 1939, el sol caía a plomo sobre Atoyac, los campos respiraban humedad, el río corría sereno, engañosamente tranquilo, como si ocultara un secreto oscuro en sus entrañas.
Muy probablemente, aquel año, el pequeño Sergio fue uno de los primeros niños en ver a los Judas, en ese año salieron por primera vez.
El Domingo de Resurrección, el pequeño Sergio y sus hermanos acompañaron a su madre a visitar Atoyac, junto a su amigo Pepe Conzatti bajaron al río, la gente rumoraba que había idilio, ni uno ni otra lo desmenten.
Los niños nadaban, reían, chapoteaban sin miedo.
Bajo la sombra de una gran higuera, los adultos conversaban, ajenos al presagio.
De pronto, ella dijo:
—“Voy a meterme un rato al agua para refrescarme”.
Se levantó, caminó lentamente hacia la orilla, el agua parecía invitarla, dio un paso, luego otro.
Y entonces…
El destino la traicionó.
Una piedra húmeda, un resbalón, un grito ahogado, su cuerpo desapareció entre las aguas color turquesa.
El río, antes apacible, se volvió tumba, Pepe, sin pensarlo, se lanzó desesperado, nadó contra la corriente, buscó, se sumergió, pero el agua era más fuerte, el tiempo, más cruel.
Cuando logró sacarla, ya no respiraba.
El silencio cayó como una losa, el pequeño Sergio observaba sin comprender del todo, pero sintiendo cómo algo se rompía para siempre en su interior, allí, junto al río, murió su madre y también murió su infancia.
Tras los funerales, la familia tomó una decisión dolorosa: repartir a los hijos entre parientes, el hogar se fragmentó, la familia se dispersó.
Sergio quedó al cuidado de su tío, desde ese año, comenzó a vivir en la Colonia McClean, cerca del Ingenio El Potrero.
Sergio había nacido el 18 de febrero de 1933, era aún un niño pero ya cargaba una ausencia imposible de llenar.
La tragedia no terminó en el río, años después, la enfermedad volvió a tocar su cuerpo, enfermó de paludismo, fiebres interminables, escalofríos, sudor frío, noches sin descanso, su pequeño cuerpo luchaba mientras su alma se replegaba.
La cama se volvió su mundo, las paredes, su horizonte, el niño alegre se transformó en un niño silencioso, tímido, reservado, encerrado, las visitas de su vecino, el pequeño Luis Vargas rompían su monotonía.
Mientras otros corrían, él leía, mientras otros gritaban, él soñaba.
En aquella casona descubrió su refugio: los libros, leía a Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Charles Dickens, a los doce años ya había terminado Guerra y paz, a los diecisiete conocía a Marcel Proust, William Faulkner, Thomas Mann, Virginia Woolf, Franz Kafka, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges.
La enfermedad lo aisló, pero también lo hizo lector, y luego, escritor.
A los seis años ingresó a la Escuela Primaria Carlos A. Carrillo, (hoy Escuela Secundaria y de Bachilleres Fernando Domínguez Proy), para cursar su educación primaria, allí hizo grandes amistades:
Jaime Trujillo Dorantes, Luis Vargas Espinoza y las hermanas Ana y Santa Carreón.
Jugaban entre durazneros, mangos y árboles frutales, eran risas que curaban heridas invisibles.
En 2005 fue notificado, su obra lo había llevado a ser candidato al Premio Cervantes, competía con grandes figuras.
Y se unía al camino de Octavio Paz y Carlos Fuentes, se convirtió en el tercer mexicano en recibir el máximo galardón de las letras en español.
El niño huérfano.
El niño enfermo.
El niño silencioso.
Ahora era inmortal.
Sergio Pitol falleció el 12 de abril de 2018, en Xalapa, meses antes, fue visitado por su amigo de la infancia, Jaime Trujillo Dorantes.
Dos niños Reencontrándose al final del camino.
Porque una tragedia que llevó a Potrero al futuro Premio Cervantes merece ser recordada, porque de una muerte nació una vocación, porque del dolor brotó la literatura, porque del silencio nació la palabra.
Y porque Potrero, sin saberlo, fue cuna de un gigante.
Créditos: Don Jaime Trujillo Dorantes. † y Raúl Leopoldo Trujillo Cortés.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.



