CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
11 de febrero de 2026.
Día 32 de 365… La aventura continúa…
Serie: HISTORIAS DE AMOR JAMÁS CONTADAS.
“PORQUE HAY AMORES QUE JAMÁS SE OLVIDAN”
Nuestro bello Potrero Nuevo está lleno de historias de amor, de desamor, de matrimonios largos, de matrimonios de un día, existen miles de historias que no aparecen en los libros, pero que laten en el corazón de la gente, aquí hay historias que solo sus protagonistas recuerdan.
Esta es una de ellas.
Ella era la hija menor de cinco hermanos, la más pequeña, la más callada, la que aprendió desde niña a obedecer, a respetar y a soñar en silencio.
Por azares del destino, conoció a un joven, obrero del ingenio, humilde, trabajador.
De sonrisa sincera y mirada limpia.
En aquel Potrero de épocas distantes, donde el polvo de sus calles inundaba el ambiente, donde no había centros de diversión, él, al igual que muchos jóvenes de su edad, le gustaba ir al campo “el 40” a disfrutar del fútbol o al cuadro a ver jugar al Ron Potrero, a reunirse con sus amigos, y porque no, compartir una cerveza y reírse de la vida.
No era perfecto, pero era sincero.
Cupido hizo su trabajo, flechó dos corazones.
Intercambiaban miradas, miradas que nacen de ese amor puro que sólo nace cuando no se espera nada a cambio.
Se hicieron novios sin grandes anuncios.
Sin promesas escritas.
Sin juramentos exagerados.
Sólo con miradas largas, caminatas al atardecer y sueños compartidos.
Pero no todos los amores nacen con bendición.
La labor que había hecho cupido, se desvaneció, una de sus hermanas nunca estuvo de acuerdo, pensaba que su hermana merecia “algo mejor”, alguien con más dinero, con más estudios, con más “futuro”.
Y decidió intervenir.
Hizo hasta lo imposible por separarlos, empezó con pequeños comentarios, empezó a presionar, le dada consejos disfrazados de preocupación.
Hasta que un día, con ayuda de su esposo, le presentó a un ingeniero que llegó a trabajar al ingenio.
Para la hermana, era el hombre correcto, educado, con estabilidad, con presencia.
La familia aprobó.
Ella obedeció.
La sociedad aplaudió.
El destino cambió.
Y así, poco a poco, aquel amor de juventud fue quedando en silencio.
Ella terminó casándose con el ingeniero, formó una familia.
Cumplió con cada etapa de la vida.
Desde fuera, todo parecía perfecto.
Pero el corazón… ah, ese corazón que nunca firmó ese acuerdo, palpitaba evocando la distancia.
Y es que el tiempo nos ha enseñado que hay amores que no se borran, que no envejecen, que no mueren.
Como canta Pimpinela, “Todos tenemos alguien que recordar, por más que ya no estén, aunque no vuelvan más…’
El amor no se puede olvidar.
Ella, cada vez que viene al pueblo, camina despacio por las calles, mira las esquinas, los parques, los campos, como si buscara fragmentos de aquel pasado que aún vive dentro de ella.
En cada rincón espera encontrar un recuerdo, una sonrisa, una voz, un suspiro.
Cómo conocí la historia, decía Arquímedes, “dame un punto de apoyo y movere al mundo” y un “le manda saludos “la tía” que escuche, fue suficiente.
Me conocen, no me quede con la duda, aquel “le mando saludos la tía” sonaba interesante, y si, si fue interesante, y aquí estoy, escribiendo esa historia de amor jamás contada.
Cuando la familia va a visitarla, se emociona como niña, sus ojos brillan, su voz cambia, su sonrisa se vuelve distinta, el solo saber de dónde llegan es suficiente para evocar.
Aunque siempre dice que su esposo es buena gente, respetuoso y trabajador, en el fondo guarda ese amor como un tesoro secreto.
Oigan y fulano vive?, pregunta, y mi amiguita zuyana, que me dicen, y entre esos nombres de amistades de su juventud, aparece el nombre de el, sus ojos brillan.
Y vuelve a ser joven por un instante.
Su padre decía “Que mujer tan loca”.
Pero quienes conocemos la historia pensamos distinto, no es locura, es memoria del corazón, es gratitud por un amor sincero, es respeto por lo que fue, es nostalgia sin traición.
Es saber que se puede amar dos veces en la vida:
Una con la razón… y otra con el alma.
Ella nunca rompió su hogar, nunca faltó a su deber, nunca lastimó a nadie.
Sólo guardó un recuerdo.
Un recuerdo limpio.
Un recuerdo honesto.
Un recuerdo eterno.
Porque hay amores que no se olvidan, que se quedan dormidos en el pecho, que despiertan con una palabra, con un saludo y dijera Roberto Jordan, evocan al “amor de verano, al primer amor”
Y que, aunque pasen los años, siguen latiendo como si el tiempo no hubiera pasado.
Tal vez, si ella leyera estas líneas si fuera lectora de la página CRÓNICAS RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER., se reconocería, se sonreiría, porque sabría que alguien entendió su historia y la contó.
Y recordara que en Potrero también se cuentan los amores que nunca murieron.
P. D. Por respeto a ambos se omiten sus nombres, están casados, aman a sus parejas, pero recuerdan con cariño, aquel gran amor.
Recopilador, Nazario Guadalupe Cebada Morales.



