CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
5 de febrero de 2026
Día 36 de 365. La aventura continúa…
Serie: HISTORIAS DE AMOR JAMÁS CONTADAS.
SALMO 137
¿Quién no asistió alguna vez a aquella discoteca entrañable conocida como “El Sótano”, propiedad de don Chano Regalado, y no bailó al ritmo de la música disco que marcó a toda una generación en los años ochenta?
Entre luces giratorias y ecos juveniles, destacaba una melodía profunda y casi bíblica del grupo Boney M., “Rivers of Babylon”, inspirada en el Salmo 137, que narraba el dolor del pueblo judío cantando alabanzas a su Dios en tierras ajenas, tras haber sido expulsado de su patria por los babilonios.
Esa canción, sin saberlo, parecía presagiar historias humanas de desarraigo, nostalgia y amor profundo por la tierra perdida.
Corrían los primeros años de la década de 1920 cuando, tras la construcción del Canal de Panamá y su inauguración en 1914, muchas familias fueron obligadas a abandonar sus hogares.
El nacimiento de un enorme lago artificial para construir una esclusa que iba a unir el océano pacifico con el océano atlantico, transformó el paisaje… y también el destino de cientos de vidas.
Una de esas familias fue la de don Ricardo Trap, quien tomó la dolorosa decisión de emigrar a México.
Dos meses de travesía por mar lo condujeron al puerto de Veracruz. Allí, con la mirada llena de incertidumbre y esperanza, pidió informes sobre algún lugar donde pudiera adquirir tierras para sembrar café, varias opciones se presentaron, pero su corazón lo llevó primero hacia la región de Córdoba, fue ahí donde escuchó hablar de las fértiles montañas de Atoyac.
Don Ricardo recorrió a pie la sierra, llegó en tren a la estación de Potrero, recién inaugurada, cruzó el vaso del río Atoyac, todavía no estaba el puente de hamaca, paso por La Angostura, respiró el aroma húmedo de la tierra y, tras una larga caminata, encontró el terreno que cumplía con sus anhelos, lo compro y construyó una modesta casita, adquirió el equipo necesario para procesar el café y levantó su rancho.
Solo faltaba un detalle: ponerle nombre.
La tristeza por haber dejado Panamá y el aislamiento de vivir lejos de la civilización hicieron mella en el ánimo de su esposa, quienes aún la recuerdan cuentan que era común verla cantar canciones panameñas mientras las lágrimas le brotaban por la nostalgia, su canto era una oración, un puente invisible hacia la patria ausente.
Pero una tarde, después de la sobremesa, ocurrió el milagro cotidiano del amor, los ojos de la señora brillaron, su rostro se iluminó y, con voz firme, dijo:
Amor, ¿recuerdas el nombre del lago que construyeron donde estaba nuestra casita en Panamá?
Claro que sí, mujer, respondió él, ¿pero qué tiene que ver?
Tiene todo que ver… ya tenemos nombre para el rancho, se llamará Rancho Miraflores, te prometo dejar atrás las tristezas y ayudarte en las labores del cafetal.
Y así fue.
Aquel nombre selló un pacto de amor y resistencia, porque Miraflores era el nombre del lago artificial construido con el Canal de Panamá, ese espejo de agua que aún hoy une el océano Atlántico con el Pacífico… y que, desde entonces, también uniría dos patrias en el corazón de una mujer.
Con el paso del tiempo, don Ricardo Trap vendió el rancho a don Andrés Gracián, estableciendo como cláusula inamovible que el nombre jamás fuera cambiado, años después, ante la repartición de ejidos y para evitar que sus tierras fueran convertidas en propiedad ejidal, don Andrés tomó una decisión generosa: vender el rancho a sus trabajadores por la cantidad simbólica de 500 pesos, conformándose así una sociedad agrícola integrada por 22 socios.
Hoy, el Rancho Miraflores cuenta con un jardín de niños, una escuela primaria atendida por dos maestros, energía eléctrica, una capilla y un salón multiusos techado.
Pero, sobre todo, conserva intacta su historia.
Porque las nuevas generaciones deben conocer el origen de las comunidades que conforman el municipio de Atoyac, esta crónica se comparte con todo cariño, como un acto de amor a la memoria. Recopilador:
Nazario Guadalupe Cebada Morales.
P. D. Esta historia bien podría formar parte de las series “Conociendo nuestras comunidades” o “De personas y personajes”, sin embargo, en este mes del amor y la amistad, he decidido incluirla en Historias de amor jamás contadas, por ese amor profundo a la patria dejada allá, en Centroamérica… un amor que nunca se olvida.



