CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
23 de enero de 2026.
Día 23 de 365, la aventura continúa cuál si fueran electrones corriendo alegremente por alambres de cobre a cumplir su función.
Serie: EL POTRERO QUE SE FUE.
LA PLANTA HIDROELÉCTRICA DEL INGENIO EL POTRERO.
Continuamos narrando la historia del Ingenio El Potrero, ese Coloso que ha permanecido firme desde 1908 y que ha sido centro neurologico de la economía del municipio de Atoyac y otros 15 municipios más, moliendo esas varas de jugo dulce hasta convertirse en alegres granos cúbicos de azúcar blanca, refinada le dicen.
Hoy vamos a recorrer juntos la historia y para que las nuevas generaciones conozcan como era el “Potrero que se nos fue” y hoy vamos a conocer la historia de la planta hidroeléctrica del Ingenio El Potrero.
El Potrero no solo iba a ser caña, molienda y sudor, también fue aire, cálculo y osadía.
Serían aproximadamente las 11 de la mañana de aquel 11 de febrero de 1905 cuando, ante la fe pública del Notario Manuel Montiel, el destino de la vieja Hacienda cambió de manos y de rumbo, Alfredo B. Adams y Carolina G. de Adams cedían los derechos de la Hacienda El Potrero a la Mexican National Sugar Refining Company, representada en estas tierras por C. F. Nichols, con la obligación ineludible de saldar las hipotecas que aún pesaban como cadenas invisibles sobre la propiedad.
Desde ese instante, El Potrero dejó de mirar solo al pasado agrícola y comenzó a soñar en grande, el proyecto era ambicioso para su tiempo: un ingenio azucarero moderno, la primera refinería, una fábrica de alcohol y, como corazón energético, una planta generadora de electricidad, alimentada por la fuerza indómita del río Atoyac.
Pero los sueños industriales también obedecen a la ciencia.
Y la ciencia, a veces, a los números, tras una reunión decisiva en la hacienda, surgió la gran pregunta que marcaría la historia:
¿Dónde construir el nuevo ingenio?
Los planos llegaron y con ellos un número que se volvió obsesión y destino: el fatídico número 13, trece metros exactos de diferencia debían existir entre el vaso receptor del agua y la entrada a los álabes del rotor hidroeléctrico, ni uno más, ni uno menos. Sin esa pendiente mínima, la máquina no tendría alma.
Comenzó entonces la labor titánica: medir el río Atoyac palmo a palmo, buscando el desnivel perfecto, pero la orografía caprichosa del cauce hizo imposible el trabajo tradicional, el río, sinuoso y rebelde, no se dejaba medir desde tierra firme.
Fue ahí donde el ingenio humano se elevó… literalmente, apoyados en descubrimientos que venían de siglos atrás, Pascal, Gay-Lussac, los hermanos Montgolfier, en 1905 surcaron los cielos de la región conocida como “Salsipuedes” globos aerostáticos equipados con instrumentos barométricos, desde el aire, calcularon alturas, presiones y diferenciales, siguiendo el curso del río desde su nacimiento hasta las inmediaciones de lo que hoy es el campo El Estadio, en la colonia Sixto González.
Las sumas revelaron que entre La Angostura y el rancho de José Tres Gallos, en línea recta, existía la diferencia mágica: 13 metros exactos, ahí estaría el corazón eléctrico de El Potrero.
Con los datos precisos, arquitectos e ingenieros trazaron la obra: una represa, un vaso regulador, líneas de conducción, dos vasos de turbulencia, un tubo de oscilación y la planta generadora, capaz de producir 2,400 voltios, cifra formidable para la época.
Los trabajos iniciaron en 1905, se desvió parte del río, se levantó la represa, se construyó el primer vaso de turbulencia a cien metros, y detrás de lo que hoy es la colonia Los Pinos, se erigió la torre de oscilación, ese tubo discreto pero vital que respiraba por la línea, amortiguando golpes de ariete y cuidando la vida del sistema.
A mediados de 1907, la planta hidroeléctrica estaba lista. La represa aún no se concluía, eso ocurriría hasta junio de 1908, pero ya había agua suficiente para dar vida a la obra.
Llegó el momento:
La compuerta se abrió.
El agua avanzó.
La tubería se llenó.
Los álabes comenzaron a girar.
Un foco, colocado ex profeso, titiló primero como duda y luego como certeza, técnicos ingleses vigilaban los tableros, el voltaje subía, se estabilizaba… 2,400 voltios, la energía comenzó a viajar por cables hacia los transformadores de la fábrica aún inconclusa, donde se reducía a 440, 220 y 110 volts, dando movimiento a la modernidad.
Y así, la vieja Calle Real, aquella por donde Maximiliano y Carlota alguna vez pasaron una noche iluminada por doscientas antorchas humanas, fue alumbrada ahora por pequeñas bombillas eléctricas.
Décadas después, la ampliación del ingenio en 1964 y la instalación de cuatro turbogeneradores eléctricos accionados por vapor y la introducción de la red eléctrica a través de la Comisión Federal de Electricidad, marcaron el ocaso de aquella planta hidroeléctrica.
Aproximadamente a las catorce horas de un día de febrero de 1970, cuando el agua aún murmuraba en los muros
y el hierro conservaba el calor de los años, Rafael Sánchez Álvarez, conocido entre los amigos como “El Género” y Jaime Trujillo Dorantes, su ayudante y teniendo como testigos de honor a Alfonso Quevedo “Barriguilla” y Mateo Bazán, los otros operadores de la planta, avanzaron en silencio por la nave de máquinas, como quien entra a un templo sabiendo que es la última misa, manos firmes cerraron válvulas cansadas de girar la historia, dedos curtidos bajaron switches que durante sesenta y tres años habían encendido la noche, uno a uno, los tableros callaron, y el zumbido eterno se volvió recuerdo, allá arriba, en la represa, el represero abrió la compuerta para que el río bajara la voz, para que las cantarinas aguas del río Atoyac no entrara más a la línea que lo convirtió en energía eléctrica.
Así terminó, sin aplausos ni campanas, la era que nació en 1907, cuando el agua aprendió a obedecer al hombre y el hombre, por un instante, aprendió a escuchar al agua.
Pero antes del silencio, alguien dejó su huella, un trabajador anónimo, con un clavo y el reboco aún fresco, grabó unas letras sencillas: M N S R Cº.
Con una escuadra o un madero trazó líneas, enmarcándolas como si supiera que estaba sellando el tiempo, sin nombre, sin fecha, creó una cápsula histórica que, hoy a 118 años después, sigue hablándonos.
Un fresco humilde.
Un Da Vinci obrero.
Un gesto eterno.
Sirva esta crónica como homenaje a esos héroes sin rostro y a todos los que, entre aire y agua, levantaron el Potrero que se fue… pero que jamás se olvida.
Créditos: Ing. Héctor Lezama Fernández, Raúl Leopoldo Trujillo Cortés, José Sánchez Sánchez, Archivos personales.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales



