CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
9 de enero de 2026, la aventura continúa.
Serie: UN DIA COMO HOY.
9 de enero de 1908.
EL COLOSO HA SUPERADO SU PRIMER DIA.
Apenas han transcurrido veinticuatro horas desde que el Ingenio El Potrero abrió los ojos al mundo, y aunque la tensión inicial comienza a disiparse, nadie se atreve aún a cantar victoria, los técnicos, los administradores y los obreros, saben que los grandes gigantes no se levantan de un solo intento; necesitan paciencia, constancia y fe.
Así amanece el segundo día de vida de un ingenio que nació grande, no por su tamaño, sino por el destino que estaba llamado a forjar.
De las setecientas toneladas soñadas, apenas unas quinientas han pasado por las entrañas de acero.
No importa. Es el primer día real de molienda, el tanteo inicial de una maquinaria que aprenderá, con el tiempo, a rugir con firmeza. El coloso está despierto… y está aprendiendo a caminar.
Mientras tanto, en las casas del pequeño pueblo, la vida sigue su cauce. Antes de que el sol termine de desperezarse, la lumbre se enciende sobre braseros o piedras colocadas en el suelo. El comal de barro recibe su baño de agua con cal; sobre él se asan los “chitlales”, cebollas, ajos y chiles. En una olla hierven frijoles; en otra, el café perfuma el aire. Todo se mezcla con el dulzor espeso de la melaza que flota desde el ingenio, creando un aroma que, sin saberlo, quedará tatuado en la memoria de generaciones.




Los hombres se alistan para el campo o la fábrica. El paso del tren El Mexicano avisa que pronto amanecerá. El silbato del maquinista corta el aire y anuncia su llegada al crucero, como una señal inequívoca de que el día ha comenzado.
Frente al hotel, un riel suspendido en una torre tipo “pata de gallo” sirve de campana. Un obrero, con un trozo de metal a manera de badajo, golpea el acero una y otra vez, el sonido agudo se esparce por el pueblo llamando al trabajo, convocando al esfuerzo colectivo que dará forma al porvenir.
Cerca del ingenio, se han colocado los bebederos que sacian la sed de las bestias. Bueyeros y carretoneros van y vienen; unos regresan al campo con sus carretas vacías, otros llegan con carretas cargadas desde la noche anterior. La rutina se va tejiendo, firme, constante.
Los chiquillos, aún sin edad para trabajar, se convierten en “aguadores”, bajan al río y regresan con agua fría y fresca para los distintos departamentos y para la cocina de los chinos de la familia de Eng Wing Lao, dos latas, un palo, cuerdas improvisadas y la “maroma” al cuello: así comienza también su aprendizaje de la vida.
En la planta eléctrica, la energía no se detiene. Los electricistas vigilan los instrumentos. Un joven recibe la orden de limpiar los coladores. Llave en mano, afloja tuercas, retira hojas, y pequeñas ramas y palos atrapados en la represa y que han llegado hasta el colador, de pronto, la sorpresa: un langostino enorme, casi de medio kilo, ese hallazgo cambiará el menú en casa; esa noche habrá fiesta sencilla, frito en “harta” manteca y ajo, celebrando sin saberlo la abundancia que trae el trabajo.
En la fábrica, el jugo de la caña sigue su transformación. Mezclado con agua de cal, filtrado en los Olivers y Dor’s, calentado y evaporado en los cuadruplex y triplex, que con el sistema Rillieux de evaporación múltiple que viene a sustituir las grandes pailas donde era cocido el jugo de caña, hace la miel espesa, masa cocida de tono café. Falta aún para que sea azúcar blanca, pero el camino ya está trazado.
En los hogares, las mujeres bordan servilletas, preparan la comida, eligen la gallina del almuerzo. Por la tarde, planchan y almidonan la ropa con planchas de hierro calentadas en las brasas. El “shiiiiicccc” del dedo húmedo sobre el metal les confirma la temperatura exacta. Pantalones y camisas quedan lisos, dignos, listos para otro día de lucha.
Por la calle real se escucha el relincho de un caballo. “¡Llegó el lecheroooo!”, grita la voz conocida. Las perolas balancean leche fresca, que ha llegado desde Purga, Soledad, Mata de Agua y otras poblaciones, en el ferrocarril de “pasajeros” que ha llegado a las 10 de la mañana a la estación de Atoyac, y que ha sido rebajada con agua de algún arroyo.
Cerca de las ocho de la noche, el pueblo se apaga, candiles, quinqués y velas se extinguen uno a uno, todos dormirán arrullados por el resuello constante del vapor del ingenio, sin saber que ese sonido será, por muchos años, el latido mismo de Potrero.
Hoy, desde 2026, miramos atrás con melancolía y orgullo. Aquellos hombres, mujeres y niños no sabían que estaban haciendo historia; solo sabían trabajar, resistir y creer.
“Porque los pueblos que recuerdan su origen, nunca pierden el rumbo de su destino”.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.



