CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
7 de enero de 2026.
Día 7 de 365; “Para entender el presente de nuestra tierra, es necesario volver la vista a los cimientos”, la aventura continúa.
Serie: UN DIA COMO HOY.
7 de enero de 1908.
VÍSPERA DEL DESPERTAR DEL COLOSO
El reloj de la historia se detiene, hoy, en una madrugada gélida de hace más de un siglo.
Son las cuatro de la mañana de aquel 7 de enero de 1908. En “Salsipuedes” no duermen; vibran bajo un cielo aún tachonado de estrellas. En las galeras y en las humildes casas de los obreros, el día comienza con el rítmico golpe del metate aplastando frágiles granos de maíz cocido.
El aire se espesa con una fragancia que es, en sí misma, el perfume de nuestra identidad: el nixtamal lavado, la tortilla recién nacida del comal, el café de olla humeante y ese picante aroma de chiles y jitomates asados que despierta el espíritu. Es el “bastimento” sagrado que las madres y esposas preparan antes de que el primer rayo de sol toque los cañaverales.
De pronto, el silencio se rompe. El toque de riel rasga el aire, llamando al deber. No es solo un sonido; es el latido del progreso que convoca a campesinos y obreros. Unos ya tienen el contrato en la mano; otros, con la esperanza en el rostro, aguardan una oportunidad en el turno.
EL RUGIDO DEL BSTEY Y LA DANZA DE LAS BESTIAS.
En el Batey, la coreografía y escenografía es magistral. Los carretoneros y bueyeros guían las pesadas naves de madera cargadas con rollos de treinta cañas, atadas con la misma soberbia del rastrojo. Las góndolas esperan ser devoradas por el ferrocarril de vapor.
A las siete, el operador de la grúa, cual capitán en su torre de mando, prueba los frenos y balancines. Todo debe funcionar “como Dios manda”.
De pronto, un grito interrumpe las actividades, —¡¡¡Ahí vienen!!!— se escucha.
El paso lento de los bueyes anuncia la llegada de la materia prima. Las cadenas crujen, los ganchos se aferran y la primera “tonga” de caña se eleva hacia el cielo, quedando suspendida, como una ofrenda a Centeotl, dios de la agricultura, para la molienda que se avecina.
Mientras tanto, en el casco de la Hacienda de Potrero Viejo, la polvareda anuncia un espectáculo de bravura. Don Atilano Yoval y su ayudante, el joven Agustín Fernández han ido a revisar a las cuatrocientas yeguas traídas desde las lejanas tierras de Chihuahua.
Aquí, el hombre y la bestia se miden en un duelo de voluntades. Los jinetes se aferran al pretil mientras los corceles dibujan “figuras finas” en el aire, intentando sacudirse el destino. Al final, el animal se rinde al dominio del hombre, y el hierro candente marca la piel con las iniciales de una estirpe: IPO (Ingenio El Potrero).
La modernidad nos regala contrastes fascinantes. Mientras los maquinistas y fogoneros alimentan el “hogar” de las locomotoras con carbón para que el vapor mueva el mundo, en la cocina del Hotel el joven chino Eng Wing Lao prepara los manjares para el personal de confianza. Lo hace en un prodigio de la época: una estufa eléctrica “General Electric”, objeto de asombro que parece traído del futuro.
En la refinería, el carbón se activa y se circula para llenar los filtros y en el departamento de defecación una gran olla con agua y cal espera, blanca y pura, el primer jugo del “oro dulce” para iniciar la decantación.
LA VÍSPERA DEL GRAN DIA.
Cae la tarde. Son las seis y la jornada en el campo termina, pero la tensión en el Ingenio es eléctrica. Hay un murmullo de voces en el casino donde los técnicos buscan distracción, pero el pensamiento es uno solo. Entre el personal administrativo, el obrero y el técnico, el sentimiento es una mezcla de nervios y orgullo.
Nadie duerme tranquilo. Saben que mañana, 8 de enero a las seis de la mañana, el gran coloso de la zona centro de Veracruz despertará de su letargo para iniciar su primera zafra.
La incertidumbre se vuelve fe;
La fatiga se vuelve esperanza.
El gigante está listo, y con él, el destino de todo un pueblo que aprendió a vivir al ritmo del trapiche y el silbato del vapor.
La historia de El Potrero se escribe con el sudor de quienes, como don Atilano Yobal o el joven Eng Wing Lao, pusieron su grano de arena en la construcción de un imperio cañero y gracias a la memoria viva de nuestros abuelos, los silbatos de aquellas máquinas de vapor y el toque de riel de 1908 siguen resonando en nuestra conciencia colectiva, recordándonos que somos hijos del esfuerzo y herederos de una leyenda que se niega a morir.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales.
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