CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
10 de enero de 2026.
Dia 10 de 365 y la aventura continúa,
Serie: UN DIA COMO HOY.
10 de enero de 1908
EL COLOSO SIGUE SU MARCHA.
Han pasado 48 horas que el coloso ha despertado, el ajetreo en “El Molino” comenzó antes de que el sol asomara sobre los cañaverales.
A la luz temblorosa de candiles, quinqués y velas de cebo, las pequeñas casas de madera, de costoneras y techos de zacate fueron despertando una a una, como si el pueblo entero respirara al mismo tiempo.
En los braceros se repetía el ritual cotidiano: la olla de frijoles al fuego, lenta y paciente, soltando ese aroma profundo que se metía en la memoria.
La rutina había cambiado para muchos. Mientras algunos hombres se alistaban para iniciar su jornada en el Ingenio El Potrero, otros regresaban del turno nocturno, con el cansancio dibujado en el rostro y el descanso aguardando en casa.
En la calle, el crujir de las carretas tiradas por bueyes marcaba el pulso del día: unas cargadas rumbo al Ingenio, otras vacías encaminándose a los distintos frentes de corte.
A las siete de la mañana, el taller de carpintería abrió sus puertas. Entre polines, clavos, martillos, garlopas y sierras, los carpinteros —hombres de manos firmes y oficio heredado— comenzaron a cortar tiras de madera de tres o cuatro milímetros de ancho. Con ellas armarían las cajas de cuadradura de azúcar: grandes estructuras de aproximadamente un metro por lado, con medio centenar de espacios destinados a dar forma a los primeros cubos del dulce blanco. Esa sería su faena durante todo el día: armar, apilar, trasladar.
Las cajas reposarían en el área de envasado, esperando que, al día siguiente, los alegres granos de azúcar caliente llenaran sus huecos y, al enfriarse, se convirtieran en cubos de azúcar refinada.
En esa misma área habían llegado ya las bolsas de manta, con letras dispuestas en círculo y las iniciales MNSRC —Mexican National Sugar Refining Company—; al centro, en negro firme, INGENIO EL POTRERO, acompañado de la figura de un potro. Más abajo se leía con orgullo: AZÚCAR REFINADA, 50 KILOS. Serían llenadas, cosidas y acomodadas en la pequeña bodega construida ex profeso para resguardar el fruto del trabajo colectivo.
Mientras tanto, en la fábrica, los jugos de caña seguían su camino inevitable hacia la transformación. De jugo a meladura, de meladura a los tachos, y de ahí a las centrífugas manuales que, a gran velocidad, arrancaban el exceso de agua para dar origen a los primeros granos de azúcar mascabado, la “morena” de aquellos tiempos. Luego vendrían los filtros, los procesos adicionales, el carbón activado en la refinería. Los primeros tanques comenzaban a llenarse de una miel blanca que sería llevada a los tachos de refino, donde el grano alcanzaría su tamaño justo y ese color blanco que hizo del Potrero un sinónimo de calidad.
En los cargaderos, el ferrocarril D’Cauville no se detene. Los garroteros —el mayor, el de candela y el de punta— se coordinaban con señas precisas para comunicarse con el maquinista, quien vigilaba la presión del vapor y pede a sus fogoneros mantener constante la alimentación de carbón en el hogar de la máquina. Todo era ritmo, coordinación y esfuerzo compartido.
En el campo, los cortadores seguían derribando las cañas de “Castilla” y “Hawaiana”, las variedades más comunes de la época, bajo un sol que ya empezaba a sentirse fuerte.
Cerca de ahí, frente al ingenio, el primer caserío se había levantado en un pequeño espacio entre el camino real y la vía del Ferrocarril El Mexicano, sembrando las primeras raíces de lo que con el tiempo sería un pueblo con historia.
Hoy, en uno de esos lotes que en 1908 se inundaban con los olores de chiles, jitomates, cebollas y frijoles hervidos, se levanta uno de los edificios más emblemáticos en la defensa de los derechos de los productores de caña: la Confederación Nacional de Productores Rurales, la CNPR. Y cuenta la leyenda —susurrada por quienes trabajan ahí y sienten a Potrero como propio— que en algunos días, cuando el silencio se adensa en los pasillos, un aroma antiguo recorre las oficinas: chiles, jitomates, ajos y cebollas vuelven a impregnar el ambiente, como si fantasmas benignos de aquella gran época caminaran de nuevo entre los muros, recordándonos de dónde venimos y el tesón de quienes forjaron este pueblo con trabajo, sudor y esperanza.
Porque en El Potrero no sólo se cuenta en fechas y edificios; se cuenta en olores, en sonidos, en memorias que se niegan a desaparecer.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales
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