CRÓNICAS, RELATOS Y LEYENDAS DE ATOYAC, VER.
8 de febrero de 2026.
Serie: UN DÍA COMO HOY.
8 de febrero de 1913.
FRANCISCO I. MADERO ES ADVERTIDO DE UNA TRAICIÓN.
En el país se notaba una gran calma, eran días en que el viento de la historia parecía soplar en contra de la esperanza, una voz temblorosa, cargada de urgencia y verdad, atravesó los muros del poder:
Señor Presidente, su vida está en peligro…
Era una advertencia nacida del miedo, del amor a la patria y del compromiso con la verdad, una advertencia que, como tantas otras en la historia de México, fue escuchada… pero no creída.
Corría el 8 de febrero de 1913, en el corazón del Castillo de Chapultepec, el presidente Francisco I. Madero aún confiaba en la lealtad de sus generales, aún creía que la Revolución que había encabezado había sembrado honor en los cuarteles y conciencia en los uniformes, no imaginaba que, en las sombras, ya se afilaban los cuchillos de la traición.
Hoy se cumplen 113 años de aquel episodio que la historia recordaría como La Decena Trágica: diez días de fuego, pólvora, muerte y traiciones, que culminaron con la renuncia y el asesinato del presidente Madero y de su vicepresidente, José María Pino Suárez.
Diez días donde la capital de la República se convirtió en un campo de batalla, donde el cielo se ennegreció por el humo y las calles se tiñeron con la sangre de inocentes.
Durante varios días, el periodista Filomeno Mata, su hermano Luis y el mayor Vicente F. Escobedo, intentaron entrevistarse con el presidente, no era tarea sencilla, los pasillos del poder estaban cerrados, vigilados, blindados por la desconfianza.
Pero el destino les tendió una mano: el taquígrafo presidencial, Elías Dos Ríos, les proporcionó un salvoconducto.
Así, el 8 de febrero, cruzaron las puertas del Castillo.
Iban cargando no documentos, no peticiones… sino una verdad peligrosa.
El mayor Escobedo no era un improvisado. Había firmado el Plan de San Ricardo en 1910, había luchado con la pluma y con la palabra en los periódicos Nueva Era y México Nuevo, sabía reconocer el olor de la conspiración.
Con voz firme, pero con el alma temblando, lanzó la advertencia:
Señor Presidente, se conspira en casa del general Gregorio Ruiz, quieren destituirlo… o matarlo.
Madero, herido en su confianza, respondió con molestia:
Todos mis generales son leales y con un gesto de enojo, los despidió.
La verdad había tocado la puerta… y fue rechazada.
Escobedo no se dio por vencido, conocía los rumores de primera mano, su hermana Rosa, institutriz de las hijas del general Ruiz, le hablaba de reuniones sospechosas, de susurros nocturnos, de visitas clandestinas en Tacubaya, por eso acudió al secretario particular del presidente, Juan Sánchez Azcona, quien, con burocrática frialdad, respondió:
Se investigará el asunto.
Pero la traición no espera investigaciones.
Al día siguiente, el presidente salió de Chapultepec rumbo a Palacio Nacional escoltado por los cadetes del Heroico Colegio Militar.
Era la Marcha de la Lealtad.
Una escena solemne: jóvenes uniformados, con el pecho erguido y el corazón limpio, protegiendo a un presidente honesto, mientras alrededor se tejía su desgracia.
La historia sería cruel: los leales marchaban… los traidores conspiraban.
Tarde comprendió Madero que el complot era real, pero aún así siguió creyendo en sus generales, y entonces cometió el error fatal, nombró jefe de la plaza al general Victoriano Huerta.
El verdugo fue nombrado guardián.
Tres días después, Huerta ordenó el ataque a la Ciudadela, donde se habían atrincherado los sublevados, cañones, rifles, metralla: la capital se convirtió en un infierno.
Entre los leales estaba el general Cándido Aguilar, quien encabezó a un grupo de cadetes en ataques frontales.
Una, otra y otra vez avanzaron.
Una, otra y otra vez cayeron.
De cincuenta jóvenes, pocos sobrevivieron.
La juventud ofrendada a la patria, mientras los traidores pactaban en la oscuridad.
Aguilar, derrotado y perseguido, pronto huiría rumbo a Guatemala, tras la renuncia forzada de Madero y Pino Suárez, Pedro Lascuráin asumió la presidencia por unos cuantos minutos, los suficientes para entregarla a Huerta.
Fue la legalidad convertida en burla.
La Constitución humillada.
La República traicionada.
Después vino el crimen.
El asesinato del presidente y del vicepresidente en la oscuridad de Lecumberri.
Y con ello, el nacimiento del martirio.
Pero la dignidad no murió.
Miguel Alemán González y el general Hilario C. Salas se levantaron en armas con el Plan de los Tuxtlas.
En Orizaba, Rafael Tapia y su hijo José, tomaron también el camino de la rebelión.
Rafael Tapia fue capturado, juzgado sin justicia, encarcelado en Texcoco y asesinado el 2 de diciembre de 1913.
Fue el último maderista ejecutado por el régimen huertista.
Un mártir más en la lista del honor.
Parecen hechos aislados, parecen historias sueltas, pero hoy, al unirlas, comprendemos su sentido:
Fue la mayor traición sufrida por un presidente a manos de sus propios generales.
Fue el punto de quiebre.
Fue la herida que dio origen a la Revolución Constitucionalista, la que finalmente derrocaría a Huerta y devolvería la dignidad a la República.
Aquel 8 de febrero de 1913, la historia tocó la puerta de Madero con voz humana, le habló por medio de periodistas, de hermanos, de amigos, de patriotas, pero la fe en la lealtad fue más fuerte que el instinto de supervivencia, y México pagó el precio.
Porque a veces, en esta patria nuestra, no mueren los hombres por falta de valor, mueren por exceso de confianza.
Fuentes:
Centenario de la Decena Trágica
Temporada de zopilotes, Paco Ignacio Taibo II, Mi participación revolucionaria, Rafael Tapia.
Recopilador: Nazario Guadalupe Cebada Morales



